Mis letras, mis palabras, mis frases, mis sentimientos…Todo cuanto plasmo, aún sin dejar de ser de mí, de mi marca, te pertenecen en pensamiento desde este instante en que tú me lees…

© ɱağ

Desde 2014

Y cierro los ojos para abrir mi ánima…

20 de septiembre de 2017

12

La   Magia del   Amor


En muchos de mis viajes más allá de los sentidos de la tierra, me he encontrado con seres como él, auténticos leones hambrientos a punto de devorarte al más pequeño despiste; gacelas tímidas y asustadizas que ágiles saltan al más pequeño de los ruidos, ñúes que ven sus posibilidades de salvarse actuando a bulto…
Siempre he pensado que en su interior se esconde una tremenda tormenta, donde los rayos le arden, donde los truenos le provocan auténticos caos, y, donde la lluvia, le inunda. En el fondo, sabio y paciente, a veces, desesperado por el gran deseo de deshacerse de ese bestial imaginario que lo envuelve.

Siempre hemos ido tentando un poco la suerte, midiendo ambos nuestros pasos, guardando la distancia justa. Creo que sabe quién soy. No solo porque esté pendiente de mí día y noche.
De día persiguiendo mis pasos, siguiéndome allá donde voy, observando cada cosa que hago… Por  otro lado, a pesar de todo, eso me hace sentir segura.
De noche, se vuelve cautivo bajo la intemperie, bajo el rosario de estrellas, hechizado por cada una de las fases de la luna, incluso impertérrito bajo la ausencia de ella en esas noches de luna nueva.


Creo que hemos llegado a un punto, después de tanto tiempo, que hemos fusionado nuestras almas: La suya de salvaje e indómito ser, y la mía, dócil y complaciente. No puedo darle otra explicación medianamente lógica, si fantástica, a este nexo que nos mantiene unidos y alejados al mismo tiempo.
Incapaces de situarnos cara a cara, siempre pendientes de una distancia aparentemente insalvable… pero aquel día algo sucedió. Me extrañó no verlo rondar cerca de casa al despertar y lo eché de menos esa misma noche. Primero no me preocupé. No deja de ser un alma libre.

En mi sendero en busca de semillas vi huellas extrañas. No las había visto antes. Tenían forma de pie pero eran demasiado grandes, de alguien que camina erguido. Siguiéndolas, llegué hasta el pequeño claro que se abría al otro lado del río. No era el mejor lugar para pernoctar, al menos no para quién conociera aquel territorio. Cerrado y de difícil escapatoria. Observé entre los matorrales pero no vi más que un pequeño fuego encendido. Agudicé mis instintos y no tuve constancia de la presencia de mi lobo blanco. Me mantuve quieta durante un tiempo interminable hasta que la lluvia comenzó a caer. Me hallaba demasiado lejos de mi cueva en el viejo árbol como para permanecer mucho más tiempo ahí. Me cubrí con la capucha y retrocedí sobre mis pasos justo en el preciso momento en el que de entre los árboles salió aquel ser con pechera plateada y alta envergadura. La curiosidad me podía pero la prudencia también.

El cielo se cubrió de oscuridad en un momento y, bajo aquella fuerte lluvia, con el agua calándome hasta los huesos, llegué a mi refugio del árbol. Antes de cerrar la pesada puerta de madera, eché la vista atrás esperando sentir al lobo solitario. Respiré hondo y con mucha pena en mi alma. Tuve una extraña sensación.
Aún volví a mirar por uno de los ventanucos. Avivé el fuego y pronto entré en calor. Un poco de agua hervida de hierbas me templó. Aún así, está desasosegada y no podía apartar de mí aquella sensación de soledad y tristeza.

Estuvo lloviendo toda la noche y aún caía ligeramente cuando desperté. Había sido una fuerte tormenta y se veía cierto destrozo ahí hasta donde mi vista alcanzaba. Me dolía la cabeza y no podía evadirme de la sensación que el sueño de aquella noche atrapaba mi cuerpo y mi mente. Algo instintivo me hizo hacerme una alforja, cerrar mi casa y atravesar el bosque.

En un momento dado, me sorprendió un ruido. Me escondí y aguardé hasta que ante mis ojos pasó aquel hombre de hojalata montado sobre un hermoso caballo blanco. Ni me moví. Nunca había visto a nadie así. No por su físico, sino por lo que emitía. Pero soy un ser huidizo, sigiloso, prudente…, acostumbrado a perderme entre las sombras y las brumas. Es lo que me ha mantenido viva durante tantos tiempos. Le seguí durante un buen rato. No fue consciente de ello. Sí su montura que se mostró ligeramente nerviosa.

De pronto, observé una escena que no esperaba. El caballo se puso de pie sobre sus patas traseras, estando a punto de derribar al hombre que, a duras penas intentó gobernar al animal. Unos metros más allá, delante de ellos, el gran lobo blanco, enseñando sus fauces, espumando, agresivo y desencajado, con los ojos llenos de furia. A duras penas pude reconocerlo. Se me encogió el corazón al tiempo que  parecía estallarme. Empezó a palpitar rápidamente, como un palafrén desbocado, ahogándose…

El caballo daba vueltas sobre sí mismo, intentando huir de ahí, sostenido duramente por el jinete, mientras el lobo blanco avanzaba tímidamente, como un ogro de esos de antaño, de otros lares, como un animal invadido por la ira. El jinete se venció sobre el suelo y el lobo se adelantó un poco más, gruñendo, con más espuma en la boca. Aquel no podía ser mi lobo blanco.

A veces, la situaciones límites nos ponen a prueba No dudé en salir de mi escondite y ponerme entre el lobo y el jinete, mientras el caballo salía en estampida como alma que persigue el demonio. Ahí estaba yo, como si pudiera hacer algo entre un hombre consternado y un lobo rabioso.

-  ¡Aparta de ahí! ¡Aléjate! ¡Huye! –me gritó el caballero arma en ristre, apartándome de un brusco gesto que me derribó al suelo. Dándome la espalda, extendió la mano como orden de mantenerme a distancia.
- ¡No! –grité con desesperación viéndolo empuñar la espada con ambas manos y mantenerse regio ante la bestia.- ¡Detente! ¡Para!

Le bordeé y me puse más cerca del lobo que gruñó con más fuerza y enseñó más sus fauces. El brillo sanguinolento de sus ojos me detuvo unos instantes. Creo que mi corazón latía a la misma velocidad que la del monstruo pero bajo esa piel blanca y sucia por el barro, tras esa mirada, que estoy segura no era la suya, tras esas enormes fauces… estaba ese ser que me había estado protegiendo durante años.
No iba a permitir que lo mataran. No sin intentar luchar por él. El amor es complaciente y obra milagros. No oía el vozarrón masculino, ni los improperios que dirigía al lobo. Yo me mantenía de pie, ahí, confiando en algún designio del destino, solicitando calma con un brazo hacia atrás y otro hacia adelante.

Siseé mientras intentaba calmarme, dominar el miedo que me contagiaba todo mi ser, transmitirle la serenidad que me faltaba. Y avanzar lentamente, un pequeño paso y detenerme. Otro y volver a detenerme. El hombre volvió a tirar de mí y caí al suelo de espalda. El lobo atacó y lo tiró a él. Se revolvió y ahora era él quien mediaba distancia entre el caballero y yo.

- Escúchame…  Canius, escúchame… Sshhh… Soy yo… Calma…

No supe decir mucho más durante no sé cuánto tiempo. Pero no me escuchó. Durante esos minutos comprendí que debía seguir luchando por liberar su alma de la oscuridad que lo anidaba porque podía agredir y destrozar al hombre… pero no lo hacía. Solo amenazaba. Y eso era una señal.

- ¡Estás loca! ¡Aparta, por Dios! –inquirió.
- ¡Baja la espada, por favor, bájala!

Cauta me acerqué un poco más y me arrodillé ante mi lobo blanco. Las lágrimas empezaron a rodar sobre mis mejillas y tendí las manos hacía él, suplicando, rogando…
Sus fauces se fueron cerrando. Tragaba sus propias babas, ahogaba sus propios quejidos e iba metiendo el rabo entre las piernas al tiempo que bajaba la cabeza en señal de sumisión hasta que se tendió sobre su tripa y apoyó la cabeza en el suelo.

Respiré hondo. Miré tras de mí y vi al caballero arrodillado, derrotado, hincado en su espalda clavada en el suelo. Gateé hasta mi lobo blanco, y le abracé. Sentí su lengua lamiendo mis lágrimas. Solo se detuvo cuando el hombre se acercó y me invitó a ponerme en pie.
- Esto va a ser algo que no vamos a olvidar –pronunció.- Está tierra siempre ha sido extraña.
- Lo sé… Te recuerdo… Ahora te recuerdo…
-  Pensé que no… Ha pasado mucho tiempo… Demasiado tal vez.

Y recordé aquellos ojos miel, irisados en un tono dorado… Los mismos ojos del dragón de Higanfa que, herido de amor, destrozó y amenazó durante siglos al pueblo.

- Nunca es demasiado tarde –asentí.
- Debo partir.
- Eso será mañana...



Tema 12/52: Combina estos tres personajes a modo de secundarios: el hombre de hojalata, un dragón enamorado y un ogro para hacer con ellos una narración fantástica.

19 de septiembre de 2017

Rugir...

Tus manos en mi piel, 
alas de mariposa, 
plumas suaves de  huellas que desearían borrarse, 
fundirse en ella mientras la despiertan.

Haces que me estremezca. 
La piel tiembla. 
Mi corazón palpita… 
tanto..., tanto, 
que duele… 

Mi respiración se agita ante tu aliento, 
ante el fuego de tu mirada.
Mis piernas se aferran a tus caderas.
Tú, ancoras en mis esencias.

Tu cuerpo se disuelve con el mío, 
en el momento preciso; 
cuando la mente se relaja, se evade…; 
cuando la entrega de mi corazón se une a la tuya… 
cuando en un solo latido, 

tu piel y mi alma, 
mi alma y tu piel… 

rugen al unísono.

Y tuya soy.
Mío eres.

11 de septiembre de 2017

Éternels...


Je suis le vent du désert qui déplace tes dunes. 
Je suis la sorcière de tes rêves. 
Je suis le murmure de ton âme.. 

Je suis la lune et la nuit. 
Je suis le rosée de ce matin d'automne. 
Je suis la rosée d'un matin d'automne. 
Je suis une plume de tes ailes noires. 

Et je suis la pluie de printemps qui te mouille… 
Et tu es le feu, 
le rêve et le cauchemar, 
et le cri, et les ténèbres. 

Tu es le givre et l’Aigle Noir… 
Tu es les vagues de la Mer de la Lune…

Tu es...
Tu seras... 
Mes Yeux.
Mon Coeur.
Mon Âme.

Je suis...
Je serai...
Tes Yeux.
Ton  Coeur.
Ton Âme. 

Ta Parole.

Nous serons Éternels.


4 de septiembre de 2017

Sudarios en tu pecho...

Emergí de entre las sombras, 
con la noche a mi cara
y la luna en ese oscuro zenit 
tatuado a mi espalda. 

Prendí de los sudarios de tu boca 
un infinito de cien soles, 
engarzados en mi Sino... 

Crepúsculo de sueños devorados con caricias. 

Reos los silencios en las caracolas de mis latidos, 
ensoñados como los córvidos nacidos
de las astas de los ciervos negros. 

Aliento y flores nocturnas me encauzan.... 
Y, de las lianas de mi cuello, 
brotan las yedras salvajes 
que me eslabonan a tu pecho.



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Acólitos...