Mis letras, mis palabras, mis frases, mis sentimientos

Todo cuanto plasmo, aún sin dejar de ser de mí, de mi marca, te pertenecen en pensamiento desde este instante en que tú me lees

© ɱağ

Azul deMağdalia Mağade Qamar

Desde 2014

Y cierro los ojos para abrir mi ánima

19 de junio de 2018

El adiós...

No quería decirle nada pero en el alma le brincaba el adiós. Le dolían hasta las lágrimas que no había derramado, el silencio que había rozado las comisuras de sus bocas en cada intento de beso, esos no dados..., y de los dados, le quemaban las caricias, tan vacuas como el humo del silencio. Qué decir del hueco de sus manos o del roce de la piel, tan espurios como el eco de la nada. De las palabras, ya no podía decir nada, pues era darles un significado del que solo podían vestirse las ausencias.

Le miró, con esos ojos llenos del vacío del mucho amor que había sentido. No dejó que se le acercara. Prefería la distancia a la indiferencia por los lamentos, a las excusas vacías de sentido, a los apócrifos sentimientos que fingía latirle más allá de sus barros, entre los huesos,; más allá de las moldeadas sonrisas, más allá de sus infinita deslealtad.... a sus reclamos ilógicos, a sus dádivas opacas... La confianza vapuleada...

Respiró hondo. Bajó los párpados como si fuera una aceptación. Era una aceptación... y una decisión: Retroceder sobre los pasos dados y ya quebrados, para resacirlos, para borrar las huellas de lo que pudo haber sido y no fue... Y, sin más, se giró. Le dio la espalda como ley salomónica, con los diez mandamientos incumplidos, con el honor virgen y el santas pascuas cosido en la boca. Ahí quedó: lo que había dado y lo que no había recibido, lo que no había entregado y podía haber otorgado... en el culmen silente de quien no desea gastar discurso.
No hubo portazo. No hubo reproches. Solo un sepulcral silencio y, a pesar de todo ello, siguió recibiendo la misma respuesta. No merecía. No merecía gastar tiempo, gastar estrofas... No merecía vivirle.


13 de junio de 2018

Tentalión...

Había sido inevitable llegar hasta ahí. Subir aquellas escaleras y dejarse ir al son de un deseo. ¿Amor? ¡Qué va! Puro instinto carnal. Curiosidad. Miradas furtivas al principio. Muy descaradas después. Él, un enigma, aparentemente alcanzable a cualquiera. No iba a ser especial entonces si mi carne era parte de su ajuar. Me había negado a caer en la tentación que él suponía no solo ante mis ojos sino en mi pensamiento. Un reto evadirlo.

Él era pura lujuria. Presto a vivir todas las pasiones y cuánto más oscuras, mejor. Las disfrutaba. Un tipo de esos que lo tienen todo: poder, riqueza, sexo, fama…, algo de vanidad, un mucho de egocentrismo y, a pesar de todo, con un inevitable magnetismo. Vamos, el mismo demonio. Un ejemplar de aquellos cuya piel quema, y su alma tan oscura que, inevitablemente, caes en sus redes. Pero me resistí. Y lo logré durante mucho tiempo. Negué sus mensajes, sus flores, sus invitaciones a cenar o a salir… pero no cejó en su empeñó. Pacientemente, le fui dejando hacer, que se acercara, que se venciera entero…, cebándolo como a un cerdo para el día de san Martín. Accedí a su invitación por fin. Iba a por todas aunque eso significara ir al mismísimo infierno, arrancarle los cuernos al diablo y traerlos como recuerdo. 

Estaba convencida de no andar en su memoria más activa pero yo no tenía duda alguna de quién era. Ni tampoco dudaba que ya no se olvidaría de mí. Durante todo ese tiempo le había estado estudiando y había esperado mucho hasta hallar en momento justo... porque yo no soy de olvidar, ni de rendirme, ni de dejar cabos sueltos.
No sé si fue el polvo de su vida. Me da igual. Tampoco lo pretendía. A esas alturas no era mi propósito.



No podía haber mejor escenario que su dormitorio-biblioteca: Un templo para la lujuria. Su territorio, donde dominaba y controlaba la situación. En silencio más absoluto que la respiración podía darnos, las sombras y los claros que llegaban de la noche desde el otro lado de la ventana, con aroma a sexo y a incienso, a piel descarnada, a sudor... y a entrañas. A libros viejos. A libros nuevos. Desnudos.
No había mejores armas para ganarle la batalla que utilizar las mismas que él, incluso más depuradas. 
Me situé tras él. Una mano agarrándole la garganta, obligándole a mantener la cabeza ligeramente alta, presionando suavemente pero con determinación. Con la otra, una sonora y contundente nalgada antes de cogerlo del pelo y obligarle a mirar en el espejo donde nos reflejábamos. Sonreía con ironía pero la última sonrisa iba a ser la mía.

Pasé mi lengua por su mejilla. Después lo arrojé sobre el lecho, dejándolo de espaldas sobre el colchón, sentándome a horcajadas sobre satán. Volví a pasear la lengua por el cuello hasta cubrirle la boca. echándole la melena sobre el rostro, sensualmente. Así, saqué de debajo de la almohada el "juguete" que con tanto disimulo y coquetería había colocado. Le esposé a los barrotes de la cama. Sonrió divertido. Pero yo guardaba más sorpresas. Me puse en pie y caminé hasta el butacón donde tenía mi bolso. Cogí lo que quería y me giré con cuidado, escondiendo el objeto a mi espalda, sin dejar de mirarle, mostrándole una sonrisa perversa. Retrocedí sobre mis pasos. Como una gata, repté sobre las sábanas... Y se lo mostré, y su sonrisa se desencajó. La mía brotó como flor en primavera.

— Hagámoslo; ya no hay marcha atrás…                

                

*Tentalión: Acrónimo de Tentación y Talión.

                                     
Este relato pertenece a la propuesta Tentación
motivada por Gin desde su blog Varietes” para su Paraíso de Letras
donde podéis ver más textos cliclando en la imagen inferior:

7 de junio de 2018

A tinta batiente...

No puedo alzarme del suelo a limpio batir de palabras. Te entrego, pues, la tinta que amaso en mis ritos solitarios, con tu verbo transparente. Sostén la lluvia enjaulada en mis manos de viento, acúname... en tu boca gimiente y en el pálpito silente de tu alma abierta. 

Déjame ser, en ti, el silencio que crepita dibujando tus ansias. El aleteo vertical de tus sonrisas horizontales. El clamor de tu piel al derribarte en la paz germinada de cada beso. El fuego que araña tus entrañas y se embebe de la pasión de mis hiedras. 

Sé la conjugación de mis dedos sobre las hebras de los tuyos. El hilo conductor de tus pensamientos en mi pensar. El sentir embravecido de tu sentir... y el aliento que gima en tu boca cuando tu ser sea mi ser. 


Resurreción
Eduard Veith
(1856-1925)

Este texto pertenece a la propuesta de Pepe  para su blog 
y que ha titulado 
El Cuadro