En el telar de mi ser, entrelazo las letras que brotan de mi alma, tejidos de sentimientos y emociones que danzan sobre este lienzo negro que mi pluma transfigura. Anhelo que cada palabra, cada trazo, trascienda y se convierta en eco en tu ser para fundirte en el velo mágico de mi memoria. Que mis versos sean puentes que nos unan en un abrazo sólido, y que mi tinta sea un testigo del vínculo que florezca entre tú y yo. En cada línea trazada, en cada verso susurrado, te escribo con el alma para que en el tapiz de nuestras historias encuentres el eco vibrante de mi ser y la esencia de este nuestro encuentro. Que mis letras sean hilos de un lazo indisoluble entre tú y yo, donde el tiempo se detenga y la eternidad se haga presente. En cada palabra entrelazada, en cada estrofa compartida, tejamos juntos la trama de un sentimiento duradero, donde nuestras almas se encuentren en todos los rincones de esta bella historia.

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24 de mayo de 2022

Fe...

Después de tantos años regresaba a mi tierra con una emoción desmedida. El tiempo había hecho mella en mí, no así en mi instinto. Tampoco en mi devoción. La lluvia no me había abandonado desde que dejé atrás la puerta de mi convento en el que mi padre me dejó siendo yo un niño. Una mejor vida. No fue mala.

Embadurnado de barro hasta las rodillas, atravesé la frontera. Incluso la nieve parecía diferente. Pisar la tierra que me vio nacer produjo en mí un pálpito especial. Las primeras nieves se habían adelantado. Tal vez debería haber optado por emprender camino en primavera, pero los acontecimientos habían demorado mi viaje hasta entrado el otoño.

Mis huellas se iban marcando en el sendero que yo mismo abría. No me había encontrado con nadie pese a ser una ruta segura para los peregrinos que querían llegar a Santiago. Además, no muy lejos de ahí estaba el hospital de Santa Cristina de Somport, obligado refugio para caminantes. La única compañía era mi propio silencio mezclado con la algarabía de mis pensamientos, mi cuaderno y mis lápices, y la biblia que me había entregado el padre Pierre como la mejor de sus reliquias. Las montañas, monstruos de piedra callada, vigilaban mis pasos. De vez en cuando parecían llamarme y el eco retumbaba atronando en mi pecho.

La noche me cogió en tierra de nadie, a medio camino entre la nada y el vacío. Un vacío comulgado de nieve, de lobos que aullaban a la luna o, tal vez, la luna les aullaba a ellos, de bestias nocturnas que acechaban desde la lejanía, sigilosas y amparadas en la nocturnidad. Hacía tanto frío que temí se me congelara el alma. La nieve me rodeó por completo. En mi morral llevaba cuatro palos que no duraron encendidos más de un suspiro  El fuego se fue apagando, como mi poco apetito con pan y queso. Dos tragos de vino me vinieron bien para calentarme el estómago. Embozado en mi ropa y a la salvaguarda en una pequeña abertura en la piedra, pasé la noche más despierto que dormido, rodeado de aquella extraña calma en medio de los aullidos y demás ruidos nocturnos que golpean la mente con miedos mientras la nieve hacía su propio peregrinaje.

Estaba entelerido. No tenía fuerza ni para moverme. Seguir caminando era una auténtica locura que no estaba dispuesto a cometer. Dicen que la muerte en el frío es una muerte dulce porque el corazón se va adormeciendo y con él, lo demás. Empecé a rezar. Primero, el Rosario. Llegó un momento en que no sabía continuar así que me decliné por oraciones cortas: Una retahíla de Padres Nuestros, algún Ave María y, cada dos por tres, un «¡Ay, Dios mío, dame fuerzas para llegar a ver la luz del día!».  Luego ya fue solo un «¡Ay, Dios mío!».

Se me congelaron las pestañas y no sentía la mitad de mi cuerpo. El agua y el frío se habían colado en mi calzado. Había envuelto mis sandalias en pieles, sujetándolas con cuerdas, mas tenía metido el frío por cada poro de mi piel, atravesándola. No sé si fue en vigilia o fue amortecido en algún corto sueño. Si fue fruto del miedo o de aquella gelidez. Solo sé que, en medio de aquel peculiar silencio de la nieve, los lobos dejaron de aullar. Me estremecí entero. Imploré a mi Dios y respiré tan profundo que me dolió. Podía sentir los latidos de mi corazón zarandear mi pecho y resonar haciendo temblar mis costillas. Y dentro de mi profunda oscuridad, donde ya las lágrimas rebasaban mis ojos y se hacían cristales en la vertical de mi nariz, vislumbré el resplandor de un ave abrumando a la oscuridad. Aquella visión era del todo imposible. Una hermosa paloma de pecho blanco aleteaba acercándose hasta mí. Una especie de halo angelical la envolvía e iluminó la noche volviéndola mediodía. Sentí una emoción imposible de explicar, ni aun sintiéndola. No hay palabras en el mundo que puedan albergar explicación alguna. Lloré como un niño. No pude gritar porque las palabras se congelaron en mi garganta. No pude moverme porque el frío había atenazado mi cuerpo y si había habido miedo, ahora me embriagaba un hermoso sentimiento de aliento, de esperanza, de vida.

Se posó a mis pies, en una pequeña roca, confundiéndose con la nieve que todo lo invadía. A veces me llamaban loco y en ese momento, pensé que estaba más loco de lo que pudiera creer… Pero la mano de Dios acarició mi alma y me bañó con su luz dándome la fuerza suficiente, el impulso necesario para volver a ver la luz del día. Amaneció… no sé cuánto después. Me pareció un soplo, o el aleteo de la paloma emprendiendo el vuelo hacia lo alto hasta perderse en la inmensidad del cielo, ahí donde ya no pudo alcanzarla mi vista. Gateé un poco, lo suficiente para salir de la pequeña cueva que había impedido que la nieve me cubriera por completo pero que no me había librado del azote de la ventisca que, en algún momento, surgió como si fuera el aliento helado de aquellos gigantes de piedra. Escuché a lo lejos unas voces. No distinguí qué decían. Era un rumor que el viento traía desde atrás de los pinos. Me brotó un hilo de voz. Mascullé una maldición que ni mil años de penitencia podrían eximir y dos figuras oscuras surgieron ante mis ojos. No recuerdo más que verlas avanzar hacia mí, pisando la nieve que cubría sus rodillas. Me sumí en un profundo letargo y desperté, como un oso en primavera, al sonido de Laudes. Pude asomarme a la ventana. Lo que mis ojos vieron no lo olvidaré jamás: Las montañas nevadas, los pinos soportando el peso de la nieve, la piedra del monasterio, el trajín de los monjes. Y a mi nariz llegó el aroma a caldo de gallina y pan recién hecho. Yo también di gracias a Dios por un nuevo despertar.


Este relato (1000 palabras justas. El límite establecido) es mi presentación al Concurso de relatos Historias del Camino, organizado por Ruritania Editores S.L. (Zenda libros) e Iberdrola, ambientado en la ruta jacobea, en este tiempo o cualquier época. 
Otro requisito es la publicación previa en el blog. Fecha límite: 29 de mayo, 23.59 h.
El 1 de junio se sabrán los resultados.

No he sido seleccionada pero como todos los concursos, los resultados son relativos. El hecho de escribir y montar una historia es un gran reto superado con creces :-)



Cuenta la leyenda que, cuando se iba a fundar (finales del s. XI) el Monasterio Hospital de Santa Cristina de Somport, en Huesca, una paloma blanca, con una cruz de oro en el pico, hizo acto de presencia. Ahí dónde dejó caer la cruz se erigió el impresionante complejo, equiparado, por el mismísimo Códice Calixtino, al de Jerusalen y al del Gran San Bernardo. Los tres mejores hospitales del mundo.

31 de diciembre de 2021

Más Allá de Media Noche...


Cuando recibí su invitación al baile me sonreí. La tentación es el juego perfecto de Monsieur. A nuestra disposición toda su mansión donde la seducción, el misterio y el instinto tienen cabida. Atreverse no es fácil. No querer volver, tampoco. Todo un mundo evocador a nuestros pies donde, sin darnos cuenta, revoloteamos como moscas sobre la miel buscando ser destino final de su mirada y de sus favores, corteses o no. Los favores de la noche son como los caminos del Señor, inescrutablemente misteriosos.

Ahora quiere abanicos, señales que desnudarán todas las intenciones. Tengo cierta curiosidad por ver cómo las damas se exponen. El mío permanecerá cerrado, hasta que lo considere adecuado, engalanando mi escote, entre la nube de mis pechos.

Mis pasos me abocaron al salón principal donde sonaba el vals que había abierto el baile. El león sonreía y el vampiro que aletea dentro de él afilaba sus dientes. Pasé ante la pareja, sin prisa, dejándome ver, arrastrando la falda de mi vestido como la cola de una serpiente zigzagueando. Le miré directamente e hice un suave gesto con la cabeza, una leve inclinación de saludo. Pude percibir el rugido del león recorriendo mi espalda y cada uno de los contornos de mi cuerpo. El león es sigiloso pero deja su aroma por donde pasa para marcar su territorio y esta noche, yo, quizá tan insolentemente como intencionadamente, lo estaba invadiendo.

Subí la escalera solemne, sin mirar más allá de los escalones, hasta llegar a los últimos. Entonces, crucé mi mirada con la de él que respondía sí a una pregunta que yo no había formulado.
Me acomodé en el aposento. Disfruté del champán bien frío, de las vistas al amplio jardín iluminado con antorchas cuyas llamas erigían las figuras de los setos como monstruos silenciosos. Abajo seguía la fiesta, los bailes reservados, los agasajos. Arriba, mi estrategia, mi paciencia y yo.
El león se prepara, acecha y ataca. La serpiente olfatea, va directa, clava sus colmillos... como el vampiro. Y cuando todos son, al mismo tiempo, presa y cazador se produce la eclosión de dos sangres, de dos instintos de lucha, dos instintos de vida.

La puerta se abrió. Las velas tintineaban. Mi vestido perdía su norte y mi propósito, a punto de ver sus logros. No hubo palabras. Solo las miradas se fortificaron sobre las pieles.

—He reservado el mejor baile para vos, mademoiselle.
—No esperaba menos de vos, Monsieur.

Solo en ese momento abrí mi abanico para que ahora fuera él quien sintiera el verdadero mensaje que le enviaba. Sus formas eran el mejor agradecimiento por asistir a su baile. Y yo, a su altura, correspondí. Porque yo soy, en sí, todo un abanico de piel, entrañas, y alma.





31 de diciembre de 2020

El Baile

Por estas fechas, el buzón se convierte cada día en el mapa del tesoro. Descubrir la tarjeta de invitación de Monsieur Dulce para su Baile de fin de año es un acontecimiento que conlleva una catarata de emociones y sensaciones. 
Abrí el sobre con la impaciencia de una niña que espera el mejor regalo. Sencillez, concisión, ese toque tan suyo..., tan personal, tan elegante, tan agudo.



Cae el atardecer bajo un cielo arrebolado y colmado de nubes. A través de los cristales de mi ventana, la ciudad se define con un perfil sombrío que aligera el brillo de las luces. Mi vestido, tan negro como el alma de un diablo, tan lleno de arabescos como el infinito de un enigma y tan sutil como descarado, queda pendiente sobre la cama. Un toque de color para arropar mi desnudez. Un aroma profundo para ambientar mi piel y dejar la esencia que pretendo: Embriagadora pero sin aturdir. Huella innata de aquello que se desea y acaricia con Pecado.


Aún siento la sinuosidad de su caricia ovalando mi rostro. Ese roce de su piel encarnando el deseo. El hacerlo en mí luz de oscuridad, luminaria de un carnaval de piel, de un abismo de puros flagelos en los pliegues de la carne. Saberlo horizonte en la bacanal de mi boca porque el anhelo y la magia de una noche peligrosa esconden enigmas que se acaban por descubrir más allá de las miradas impenetrables, esas que atrapan como un conjuro... indescifrablemente explicable.

Se eriza todo mi ser y el reflejo de mi mirada me habla de lujurias y bendiciones. El instinto ruge pendiente de un baile, de una canción sin letra que despierta a la Hembra, insinuante, escultora de sus ansias leoninas. Sí, efectivamente, ya estoy lista para tentar al Pecado y con un poco de sutil astucia, vencerlo a mi favor, rendir a la fiera y hacer del Macho un yaciente de inquietud latente que le encienda la sangre y revele su naturaleza salvaje.
Sí, estoy perfectamente preparada para enfrentarme al destino de esta noche que brillará con la delicada luz de mil interiores, con el volteo de faldas acompasadas, de punciones enervadas unas, anheladas otras, consumadas... tal vez, y de mil sueños que se harán lascivas realidades o meras ensoñaciones de juvenil reclamo.

Monsier Dulce me digo, ábrame las puertas de sus Dominios que vengo con prisas calmas e inocencia oscura, dispuesta a romper la noche y robarle la mejor de sus sonrisas mientras sus brazos danzan quedos en torno al seísmo callado de mi cuerpo.



Pasados unos días, no podía dejar de agradecer la invitación. Una señorita como yo no puede permitirse el lujo de ser descortés con un caballero del temple de Monsieur Dulce:


Gracias, Monsieur Dulce, por la invitación un año más a su magnífico baile donde ha hecho gala de su perfecta organización. He de decirle que la decoración era exquisita y me quedo sin palabras para definir su fabuloso vino.
Disfruté incomensurablemente de la compañía del resto de los invitados y fue un placer haber coincidido con personas que, usted sabe muy bien, son maravillosas. No cabe duda de que su baile, Mi Estimado Dulce, es el perfecto punto de encuentro para fortalecer el vínculo de amistad que a todos nos une. Gracias, una vez más por hacerme partícipe de un evento tan significativo y por deleitarme con una velada tan agradable e intensa a su lado.
Espero pueda acompañarme uno de estos días a un almuerzo en mi casa y agradecerle personalmente la atención que me ha dispensado.

Suya, 

Mag

27 de julio de 2020

Dulce corazón de León...


Escuché su rugido más allá de la noche, atravesando las entreluces del creciente mientras un silbido, como los cantos de helechos,
acariciaba la hierba que prendía a su paso.
Se rasgó el cielo, se abrió el crepúsculo,
y la sombra se hizo alba dando paso al hombre.

Se enaltece abriendo alas que son odas y entregas recibidas, acallando rumores que se pervierten ecos sin sentido, enarbolando bandera de firmeza y, a su pecho, estandarte de verdad y ofrecimiento de complacencia que reverberan entre sus silencios y le engrandece entre sus iguales.

Se hace Dulce al pronunciar Su Nombre
y purpúrea, Su Seña.

Orgullo de león en la tinta de sus letras
y en el tatuaje de su alma, el fragor de Su Esencia.
Late desde la intimidad de su ser una amalgama de sentires que cabalgan entre la lujuria y los claroscuros de los deseos consentidos. Vibran sus latidos tal que arpergios tocados en el aura de la piel y el sentimiento del espíritu y, ahí, en la cúspide de su rito, se ensalzan la sed y el hambre del alma hecha carne.


¡Feliz Cumpleaños, Mi Estimado Dulce!

31 de diciembre de 2019

El Baile de Fin de Año...

En la Mansion de Monsieur Dulce


Siempre exquisito en sus detalles, Monsieur Dulce hizo llegar a mi casa una invitación personal a través de un hombre de su confianza. Sonreí y la dejé ya dentro de mi bolso para no olvidarla en el último momento, presa de las prisas del último momento.


Regalo de Dulce. Gracias
Picar en la imagen para ver el Baile

Aquel mediodía hice venir a mi peluquero personal y mi ayudante de cámara me ayudó con mi atuendo, especialmente diseñado para aquella noche tan particular de Fin de Año.
Impaciente, el corazón empezó a galopar dentro de mi pecho como el traqueteo del carrusel de la feria mientras aguardaba la llegada del coche cerrado y tirando por dos maravillosos caballos blancos cuyas vaharadas de aliento se confundían con la niebla. El lacayo me abre la puerta y amablemente me ayuda a subir.
Recorremos la ciudad bajo aquella nívea niebla adornada con pequeños cristales. La ciudad tiene un ambiente especial. La Navidad es especial y a todos nos hace especiales. El Fin de Año tiene algo de Pecado, algo de travieso. Se percibe. Lo noto.
Los escaparates, la gente en la calle pese al frío, los cafés...


El coche se detiene ante la puerta porticada de la mansión de mi anfitrión donde, gentilmente, el personal de servicio va recibiendo a los invitados cuidadosamente elegidos para la ocasión. Coincido con unas cuantas conocidas y sus acompañantes. Un caballero me hace un gesto de cortesía. Va solo. Sonrío y sigo mi camino.
Música de cámara acompaña nuestros pasos hacia el salón. Un cuarteto de cuerda en el que reconozco a Sebastian Bach en uno de sus Allegros ameniza el cóctel de bienvenida previo al Gran Baile, llamado de los Susurros, cuya celebración, como todos los años, tiene lugar después de las campanadas y del espectáculo de fuegos artificiales al otro lado del lago que podemos ver desde el jardín siempre que el tiempo lo propicie. La niebla lleva días instalada sobre la ciudad y sus alrededores. Más allá de los Jardines de Luxemburgo es más densa. Esta noche, intuyo, que Monsieur Dulce nos sorprenderá con algo novedoso.

Las alabanzas y expresiones de asombro se acompasan con la música del espectáculo circense. Las risas coquetas o nerviosas de algunas damas se combinan con la intención cortés o pícara de los caballeros que pretenden que su nombre aparezca en el carné de baile de alguna de ellas. No todas estiman el honor y la gracia de tener el de Monsieur Dulce. Hasta esta noche no he dejado de sentirme halagada por ello.

Veo a los sirvientes complacernos con más champán, el mejor, y vino de la cosecha propia de Monsieur —Le Lión d'Or—  con alguna vianda de bocado y confirmo los primeros acordes de danzas posteriores. Las miradas han tenido respuesta. Los caballeros se han hecho valientes, y todos empiezan a tomar posición frente al gran reloj situado en lo alto de la gran escalera. No tarda en aparecer Monsieur Dulce, elegantemente ataviado en morado y oro, a la moda del momento, dejando ver unas finísimas puñetas bajo las mangas y una maravillosa cravate a juego así como aquellos fantásticos zapatos de tacón.

—Madames y Monsieurs, sean bienvenidos a la Mansión. Un placer tenerles aquí y recibir el Nuevo Año juntos. Disfruten del baile y de la compañía. ¡ Salud! ¡Feliz Año!

Cuando él encabeza el paseo hacia el salón de baile ya tiene decididas qué invitadas van  a disfrutar de su compañía, del calor de su sonrisa, de unos minutos de trivial conversación y del perfume a maderas orientales que utiliza y que deja huella en los guantes y en los sueños de algunas de estas damas. No reniego de su compañía. Siempre me es grata.

Elegan Soiree de Victor Gabriel Gilbert 

Envueltos en el sonido de aquella orquesta interpretando un vals y mientras bailo con un distinguido caballero que había captado mi atención aquella noche —el mismo que me había saludado cortésmente al llegar—, se acercó con su pareja de baile y de una forma sutil y grácil, con cierto tono sensual me dice:

—Mademoiselle Mag, el próximo baile es nuestro... —Y con el fluir de sus palabras sobre las notas del Vals de las flores de Tchaikovsky me deja dando vueltas en la intimidad de los brazos de mi compañero de baile.

Waltz de Vladimir Pervuninsky






25 de enero de 2019

Pantano de Vadiello, Huesca | Foto propia ©ɱağ

De l'aragonés antigo vatiello, deminutibo de vado, e éste d'o latín vadum. 
Puesto d'un río con o fundo firme, plano, que se puet trescruzar sin barca u puent. 
(En aragonés)


Y dirán que el agua cubre tus raíces 
y que tus brazos son ramas que toman el aire.
Ingenuos... Ingratos...
No saben que eres alma de vida que lucha...
y resiste con el tácito grito del guerrero.




Estas líneas forman parte de ese pequeño reto que da la oportunidad de conocer otros espacios y que promueve Ester desde su blog "Autodidacta" para esa sintonía de letras e imágenes de todos los viernes.

18 de enero de 2019

Parecen orquídeas pero no sé el nombre. En la terraza de mi madre este verano pasado. | ©ɱağ

Fijo mi mirada en el universo de tus pétalos:
Flor que emerge en cascada erguida teñida de tanta belleza
que se duermen mis párpados sobre cada uno de tus pistilos,
que nacen cual luciérnagas sobre cuentas de rosario de cristal.
Y florecen a su luz estrellas 
sobre bocas de león y las margaritas amarillas.



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11 de enero de 2019


Pantano de Arguís | Huesca | Foto ©ɱağ 

Verdes son tus senos.
Cristal, tus lágrimas.
Reflejos de aguamarina la calma de tus nieves,
el aliento de tus cumbres, que en sereno reposo, 
sueña el Norte de tus Vientos.


Pantano de Arguís | Huesca | Foto ©ɱağ 



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4 de enero de 2019

©ɱağ

 Qué fría es la sensación de tu alma cuando sobre el asfalto trepita la escarcha.
Tu aliento quema como hierro candente salido de las brasas del averno.
Tus brazos se arrastran cual serpiente de hielo sepultando los silencios.
Solo el vaho, el vapor tímido de un beso al aire.
Un suspiro.
Un estrépito callado recogiéndose, entelerido.


©ɱağ 


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27 de julio de 2018

Dulce... (mente)


Robin Isely

... se cuela orgulloso entre las ánforas del pensamiento como un Señor de la noche entre las nubes oscuras, como pequeños crepúsculos que liberan Su Manto sobre la sutileza de la carne. Y derrama el conjugar de Su Verbo cual oráculo de los dioses, rindiendo orgullo a la pleitesía de quien Le ora y reposa mansamente su carnalidad en la Cuna de Su Pecho: mar mecido de calma y cura.

Es al cauce del anochecer cuando abre Su Hechura y enseña Sus Fauces. Se alimenta de lo Suyo. Vierte, desde las yemas de Sus Dedos, silencios que crepitan sobre un aterciopelado tegumento, piel de Su Semilla, de su Creación; como lágrimas de cera, recitando versos que la enervan tan allá de su fruto, despuntando cismas que devoran los instintos. Su Aliento es bálsamo para el alma de quien Le revela su Esencia.

Robin Isely

Y ahí, entre la oscuridad que desvela Su Dicha, demora el tiempo y hace Verdad su Doma sobre los peldaños de la Entrega de aquella quien, rendida en Voluntad, la ofrece como amparo de su Ventura.

Y se hace Hombre.
Y la hace Hembra... entregada.

Francesco Sambo


¡¡Feliz cumpleaños, Dulce!!

19 de junio de 2018

El adiós...

No quería decirle nada pero en el alma le brincaba el adiós. Le dolían hasta las lágrimas que no había derramado, el silencio que había rozado las comisuras de sus bocas en cada intento de beso, esos no dados..., y de los dados, le quemaban las caricias, tan vacuas como el humo del silencio. Qué decir del hueco de sus manos o del roce de la piel, tan espurios como el eco de la nada. De las palabras, ya no podía decir nada, pues era darles un significado del que solo podían vestirse las ausencias.

Le miró, con esos ojos llenos del vacío del mucho amor que había sentido. No dejó que se le acercara. Prefería la distancia a la indiferencia por los lamentos, a las excusas vacías de sentido, a los apócrifos sentimientos que fingía latirle más allá de sus barros, entre los huesos,; más allá de las moldeadas sonrisas, más allá de sus infinita deslealtad.... a sus reclamos ilógicos, a sus dádivas opacas... La confianza vapuleada...

Respiró hondo. Bajó los párpados como si fuera una aceptación. Era una aceptación... y una decisión: Retroceder sobre los pasos dados y ya quebrados, para resarcirlos, para borrar las huellas de lo que pudo haber sido y no fue... Y, sin más, se giró. Le dio la espalda como ley salomónica, con los diez mandamientos incumplidos, con el honor virgen y el santas pascuas cosido en la boca. Ahí quedó: lo que había dado y lo que no había recibido, lo que no había entregado y podía haber otorgado... en el culmen silente de quien no desea gastar discurso.
No hubo portazo. No hubo reproches. Solo un sepulcral silencio y, a pesar de todo ello, siguió recibiendo la misma respuesta. No merecía. No merecía gastar tiempo, gastar estrofas... No merecía vivirle.


13 de junio de 2018

Tentalión...

Había sido inevitable llegar hasta ahí. Subir aquellas escaleras y dejarse ir al son de un deseo. ¿Amor? ¡Qué va! Puro instinto carnal. Curiosidad. Miradas furtivas al principio. Muy descaradas después. Él, un enigma, aparentemente alcanzable a cualquiera. No iba a ser especial entonces si mi carne era parte de su ajuar. Me había negado a caer en la tentación que él suponía no solo ante mis ojos sino en mi pensamiento. Un reto evadirlo.

Él era pura lujuria. Presto a vivir todas las pasiones y cuánto más oscuras, mejor. Las disfrutaba. Un tipo de esos que lo tienen todo: poder, riqueza, sexo, fama…, algo de vanidad, un mucho de egocentrismo y, a pesar de todo, con un inevitable magnetismo. Vamos, el mismo demonio. Un ejemplar de aquellos cuya piel quema, y su alma tan oscura que, inevitablemente, caes en sus redes. Pero me resistí. Y lo logré durante mucho tiempo. Negué sus mensajes, sus flores, sus invitaciones a cenar o a salir… pero no cejó en su empeñó. Pacientemente, le fui dejando hacer, que se acercara, que se venciera entero…, cebándolo como a un cerdo para el día de san Martín. Accedí a su invitación por fin. Iba a por todas aunque eso significara ir al mismísimo infierno, arrancarle los cuernos al diablo y traerlos como recuerdo. 

Estaba convencida de no andar en su memoria más activa pero yo no tenía duda alguna de quién era. Ni tampoco dudaba que ya no se olvidaría de mí. Durante todo ese tiempo le había estado estudiando y había esperado mucho hasta hallar en momento justo... porque yo no soy de olvidar, ni de rendirme, ni de dejar cabos sueltos.
No sé si fue el polvo de su vida. Me da igual. Tampoco lo pretendía. A esas alturas no era mi propósito.



No podía haber mejor escenario que su dormitorio-biblioteca: Un templo para la lujuria. Su territorio, donde dominaba y controlaba la situación. En silencio más absoluto que la respiración podía darnos, las sombras y los claros que llegaban de la noche desde el otro lado de la ventana, con aroma a sexo y a incienso, a piel descarnada, a sudor... y a entrañas. A libros viejos. A libros nuevos. Desnudos.
No había mejores armas para ganarle la batalla que utilizar las mismas que él, incluso más depuradas. 
Me situé tras él. Una mano agarrándole la garganta, obligándole a mantener la cabeza ligeramente alta, presionando suavemente pero con determinación. Con la otra, una sonora y contundente nalgada antes de cogerlo del pelo y obligarle a mirar en el espejo donde nos reflejábamos. Sonreía con ironía pero la última sonrisa iba a ser la mía.

Pasé mi lengua por su mejilla. Después lo arrojé sobre el lecho, dejándolo de espaldas sobre el colchón, sentándome a horcajadas sobre satán. Volví a pasear la lengua por el cuello hasta cubrirle la boca. echándole la melena sobre el rostro, sensualmente. Así, saqué de debajo de la almohada el "juguete" que con tanto disimulo y coquetería había colocado. Le esposé a los barrotes de la cama. Sonrió divertido. Pero yo guardaba más sorpresas. Me puse en pie y caminé hasta el butacón donde tenía mi bolso. Cogí lo que quería y me giré con cuidado, escondiendo el objeto a mi espalda, sin dejar de mirarle, mostrándole una sonrisa perversa. Retrocedí sobre mis pasos. Como una gata, repté sobre las sábanas... Y se lo mostré, y su sonrisa se desencajó. La mía brotó como flor en primavera.

— Hagámoslo; ya no hay marcha atrás…                

                

*Tentalión: Acrónimo de Tentación y Talión.

                                     
Este relato pertenece a la propuesta Tentación
motivada por Gin desde su blog Variétés” para su Paraíso de Letras
donde podéis ver más textos cliclando en la imagen inferior:

22 de mayo de 2018

Atrapasueños de libélula azul...

Suena el silencio en un atrapasueños donde queda el beso para la princesa vestida de rosa porque es el color que le gusta a mamá, y decide volar como lo hacen las libélulas azules, a ras del agua, subidas a un columpio que el viento empuja, que les lleva seguras de esperanza e inesperados momentos hacia un infinito arrebolado entre nubes donde aún el sol, vestido con la capa de ocaso, sigue siendo majestuoso y brillante como un farolillo mientras ella, como quien es, se viste de luna para vivir ahí donde el tiempo no tiene fin, donde todo tiene otro sentido. 

Es como ampararse en una locura, en un camino discordante y asonante que la lleva cuesta abajo, como si fuera un gato con botas pero en patines sin frenos, dejando miguitas de su paso como Pulgarcito para llegar ahí, a la casita de chocolate, donde la bruja aguarda relamiéndose los morros, con su verruga de plata y su escoba de escaramujos. 
Y piensa la princesa que es una pesadilla, que todo es un sueño del que podrá despertar o manejar a su antojo como una soñante lúcida donde de su mano pende también su libertad. Y se mira en el espejo, con las arrugas del tiempo dibujadas como hilos de vida. Y respira. Y sonríe… Sonríe porque ha vivido, porque no ha dejado de soñar… y ya no hay miedo porque se acoge al abrazo de quien cuida, ama y protege, de quien le da fuerza con la delicadeza y dulzura de un oso de peluche que la sigue, a pesar de las heridas, ayudando cada noche a prender estrellas.



Otros relatos del Paraíso, picando la imagen

Bajo la imagen tienes el tapiz de mi relato, gentileza del Gin


26 de febrero de 2018

Con el Pecado en la Boca...



De tus labios color fresa se conjuga la verdad de estos pecados, capitales, porque son vicio en sí mismos, que me cortan como las tijeras más afiladas, las que escinden la carne y… hasta las entrañas. Me viene la Ira por no gozarte en todos los tiempos, en todas las formas, y juro me flagelaría con el látigo de este sin perdón, hasta me clavaría en la semejantísima cruz como un Cristo. Te me inyectaría en vena con la jeringuilla preñada de Gula y Avaricia hasta sangrar media vida que es estar sin tenerte. 

Te ataría a mí con la cuerda más gruesa, la que hiciera de ti el hechizo que me vuelve duende en tu alma de bruja, y sería conductor, chófer, sobre todas esas rectas, cumbres y valles, círculos, altos y bajos que mis yemas formarían en cada una de tus curvas; detective curioso y perverso de todos tus secretos: los húmedos y los tibios, los infernales y esos que me llevarían a la gloria pues de pecados hablamos, ¿no? De esos que se resbalan entre tus piernas, Envidia del propio Nilo, y yo, mortal efímero, me endioso en la Soberbia de saberte mía. 

Y me da Pereza, pereza bajarme de tus pechos y dejar de sentir el imán de tus lunas de hembra, de revolcarme en tus ensenadas como marrano en un charco. Te gozo porque no tienes nada de monja, porque, niña, eres salvaje, pura Lujuria, enfundada en tus medias, las que me atrapan como sardinilla en tu red, embebiéndome de tus aguas con estas putas ganas que me vuelven macho cabrío, un canalla encendido en este deseo de reventarlas contra las tuyas. Y si tengo cura… no la quiero. Ni en las manos de Dios ni en las de una buena enfermera, porque no me da la gana, porque no me sale de ahí, porque no hay mejor muerte que el veneno que me da el perderme en tus labios color fresa…

Te aseguro que no me importa arder a fuego lento en tus infiernos y que en tiempo de Cuaresma, pecar contigo es un placer.



Pecados Capitales.
Relato perteneciente a la Propuesta de Gin.


Y si te hace leer este relato y otros en la forma que Gin los ha enmarcado, solo debes clicar en la foto.



Gracias

Dentro de la imagen podéis hallar el tapiz del texto.

8 de febrero de 2018

Vivendo...

Respiró hondo. Acababa de colgar el teléfono. La última llamada antes de la gran actuación. Apoyó las manos abiertas sobre la mesa. Entre ellas, el revólver, las esposas y el antifaz. Levantó la vista al techo y cerró los ojos. 

- Hoy es la última vez que lo haré. No más. –Se decía para sus adentros mientras el corazón le galopaba. Lo había hecho tantas veces que casi había olvidado cuándo había sido la primera pero aquella sensación de abismo seguía siendo la misma. 

Besó la cruz de nácar  del rosario que colgada de su cuello. Siempre le había traído suerte. Recordó cuando ella se lo regaló. Era importante pues había pertenecido a la rama de su madre. Desde que el tatarabuelo lo comprara a su vuelta de la campaña de Cuba y se lo diera a su esposa como regalo de bodas, había ido pasando de generación en generación hasta llegarle a ella y recuperar la tradición original. Hacerlo un regalo de boda. El Cristo de plata estaba esculpido al detalle, y las cantoneras, bellamente talladas, formaban maravillosas filigranas.

Alguien que tomaba la vida de otro en sus manos se encomendaba a los santos, como si estos fueran a atender el perdón de su decisión. Se signó y recitó en susurro una oración. Sopló la vela que iluminaba la estampa de la virgen y se santiguó a continuación. El humo formó una serpiente que se diluyó en el ambiente como la última bocanada del cigarrillo que apagó. 

Tomó los útiles y se encaminó hacia la sala. Ahí estaba ella, de pie, mirándole directamente, orgullosa a pesar de todo, siendo consciente de que su vida pendía de un hilo. Él se acercó. Le ayudó a separar las piernas y ciñó las tobilleras para amarrarle sus pies a la pared, como hizo con las muñecas después de colocarle las esposas. 

- Perdóname –le dijo en un susurro. 

Sus miradas se acoplaron. No recibió respuesta. 
Volvió a respirar hondo y retrocedió sobre sus pasos. Mentalmente contó los que debía dar. Se cubrió los ojos justo antes de girarse hacia la mujer. Reinaba a su alrededor un silencio sepulcral. Y, aunque no lo hubiera habido, él no hubiera escuchado más allá de su interior. La sangre corría tan densamente por las venas que el corazón, lejos de galopar, ahora parecía detenerse. 

Un disparo. Dos… Tres… Cada uno tenía su dirección y su mida. El quinto terminó de formar una imaginaria estrella de cinco puntas. Se aseguró de su trabajo bien hecho. Se sintió satisfecho y abandonó el lugar sin mirar atrás. 
Su soledad se vio truncada unos minutos después. Las manos femeninas recorrieron su pecho desde la cintura. El apoyó las suyas sobre las de ella. 

- Ya está… y ha salido bien. Deberíamos celebrarlo y olvidar todo esto. ¿No te parece? 
- Es lo mejor pero uno no se termina de acostumbrar –reconoció el hombre. 
- Ahora ya no deberás pensar en ello –le aseguró, pasando delante para poder mirarle a los ojos cuyo brillo estaba al borde de las lágrimas. Sus bocas se unieron en un denso beso, como denso era el abrazo en el que latieron sus corazones. El sonido de sus respiraciones, hilvanado al de sus labios en fricción, se intensificó. 
- Será mejor que nos vayamos antes de que venga alguien porque solo hay una cosa que podría hacer ahora mismo –dijo viendo el tarro de piruletas sobre la mesa- y te aseguro que no es lo que me apetece… -continuó.
-¿Y qué te apetece? -le preguntó con picardía.
- Ser muy canalla contigo… - empezó a decir con tanta intensidad que parecía apretar los dientes y cortarle el aliento con el suyo-. Ponerte unas esposas, colocarte a cuatro patas y follarte hasta decir basta. Luego, llenar la bañera con agua tibia y cuidarte… para volver a disfrutarnos hasta el amanecer –concluyó dándole una palmada en el trasero. 


Salieron por una de las puertas traseras que tenía siempre la llave puesta. Subieron a la moto para abandonar una forma de vida y tomar el sendero de una nueva. Dejarían de ser la atracción principal. Él, el chico que disparaba balas con los ojos tapados, y, ella, la asistente que ponía en juego su vida cada noche. Porque, al final, “el propósito de la vida es vivirla, disfrutar de la experiencia al extremo, extender la mano con impaciencia y sin miedo a vivir experiencias más nuevas y más enriquecedoras” Eleanor Roosevelt (1884-1962)


Reto perteneciente a la propuesta de Gin, sobre citas y sueños.
En el enlace existente bajo la imagen podrás leer esta y otras historias.



Video relato 


7 de enero de 2018

Al otro lado de la puerta...

Breve relato propuesto por Gin para crear una historia a partir de él.
Picar en la imagen para abrir otras puertas.


Durante unos largos e intensos minutos de desasosiego se mantuvo inmóvil, petrificada, como si aquello fuera a darle más fuerza. Solo tenía que avanzar unos pasos, llamar y saber qué podría pasar. Seguir la llamada del corazón que galopaba dentro de su pecho. Toda la inquietud e incertidumbre dependían de ese gesto tan simple. 

En sus ensoñaciones había vivido experiencias maravillosas con ese hombre lleno de misterio. Lo había vestido de virtudes, de un arte de amar fuera de lo común, con un verbo que podía envolverla durante horas y hacerla volar, con el saber estar de un caballero con ese toque canalla que tanto le gustaba. Y aquella forma de mirar que parecía desnudar con cada parpadeo.

La puerta se abrió. A contra luz, la silueta del hombre aparecía imponente. 

- La estaba esperando, señorita. –Siempre se había dirigido a ella así a pesar de que supiera su nombre. 
- Disculpe mi atrevimiento. No deseo molestarle. Buenas noches –se despidió, queriendo que la detuviese de alguna manera. Tal vez por esos sus pasos eran breves. 
- Yo la invité y me entendió sin decirle nada.


Y si la gente del pueblo llevaba razón. Si era un frívolo, un loco disfrazado de dandi, ese era el momento de averiguarlo. Volvió sobre sus pasos y llegó hasta la puerta. Él se hizo a un lado. 

- No se incomode, señorita. Bienvenida a mi mundo –dijo ofreciendo su mano. Le clavó la mirada como quien mira en un mapa y se sabe situar. Ella no apartó la vista. Se hundió en la noche de aquellos ojos y, sin más, tomó la mano para pasar al interior escuchando cerrarse la puerta tras de sí.
Era extraña la sensación que la embriagaba. El trato, exquisito y formal, que recibía por parte de él parecía, incluso, ceremonial. Como un juego hipnótico, las palabras del hombre la azoraban mientras se dirigía ante él hacia una de las estancias de la casa. Librerías repletas de libros, un rincón de lectura, una mesa de despacho… 
Se preguntaba por qué precisamente aquella habitación. Llegó hasta la mesa. Pasó la mano, acariciándola, y se sintió plenamente observada. Le daba la espalda. Seguramente, era un juego inconsciente. Dio un respingo cuando notó el cuerpo del hombre tras ella. Su pecho latiendo en su espalda. Sus manos sobre las suyas, rozándolas suavemente pero con determinación, mientras le hablaba muy cerca. 

- Confía en mí… Sabes que no soy el tipo de hombre que dicen soy… Tú ves más allá. Sientes más allá… Sabes… 

Aquellas palabras, modificadas en tono, mucho más íntimas y cercanas, fueron rubricadas con un suave roce de los labios masculinos en su hombro. Ladeó la cabeza. Respiró hondo. Cerró sus ojos y lo percibió más cerca, sintiéndose atrapada entre sus brazos y sus silencios, mientras la caricia húmeda de sus labios la hacían estremecer por completo.






Picar en la imagen si se desea ver el relato publicado en la página de Gin

25 de noviembre de 2017

Matar al no destino...


Una taza de café humeante aguardaba a un lado sobre un plato de loza inglesa. Desearía no tener que comprobar la hora en el reloj pero el tiempo era insalvable.
Las lágrimas ya no corrían por sus mejillas. Se habían secado en algún lugar de la memoria donde también hubiera querido meter todos los pensamientos oscuros que bordeaban su vida desde que ataran su corazón hasta estrujarlo y ahogarlo en su propia sangre, en su propio dolor.



Ahora miraba a su alrededor. Una cocina solitaria, donde ya no se cocinaba para dos, donde los “tú y yo” se disipaban en los recuerdos, donde las risas se habían desvanecido…, donde solo estaba ella y toda la pena se contenía en cada gramo de rabia…
Tomó un poco de café, más tibio que caliente…, y el cuchillo se convirtió en un amante sin más destino que su mano. Lo cogió, apretando el puño. Sus venas parecían marcadas a fuego, los nudillos parecía que fueran a abrirle la carne, y el alma le oprimía en el pecho, queriendo salir.

Respiró hondo. Pensó el momento. Elevó la mano. No le temblaba, y con toda la fuerza que pudo, sin más cuidado que el de poder acabar con aquel dolor, aquel insano dolor que le arrebataba la vida…, lo clavó sobre el manojo de fotos que confirmaban la traición de un amor… mientras terminaba de sonar aquella canción…



- ¡Corten! –dijo el director de escena. Ella levantó la vista y sonrió a cámara, la del fotógrafo que le dedicaba cada uno de sus instantes.



Relato para el reto de Gin, "Silencio, se rueda..." que podéis ver junto a otros en:



 Dale a la claqueta:---}   Resultado de imagen de claqueta    si te hace verlo en un vídeo montado.


Gracias, Gin, por tu creatividad y por el postrabajo que conlleva configurar todas la aportaciones que recibes pero, sobretodo, por el cariño que le dedicas.