En el telar de mi ser, entrelazo las letras que brotan de mi alma, tejidos de sentimientos y emociones que danzan sobre este lienzo negro que mi pluma transfigura. Anhelo que cada palabra, cada trazo, trascienda y se convierta en eco en tu ser para fundirte en el velo mágico de mi memoria. Que mis versos sean puentes que nos unan en un abrazo sólido, y que mi tinta sea un testigo del vínculo que florezca entre tú y yo. En cada línea trazada, en cada verso susurrado, te escribo con el alma para que en el tapiz de nuestras historias encuentres el eco vibrante de mi ser y la esencia de este nuestro encuentro. Que mis letras sean hilos de un lazo indisoluble entre tú y yo, donde el tiempo se detenga y la eternidad se haga presente. En cada palabra entrelazada, en cada estrofa compartida, tejamos juntos la trama de un sentimiento duradero, donde nuestras almas se encuentren en todos los rincones de esta bella historia.

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4 de enero de 2026

El Último Compás…

Hacía más de un año que no acudía al castillo de Monsieur Dulce. No quería hacerlo a lo grande, más bien del mismo modo en el que me había ido. 
No en un silencio sepulcral, pero sí en una ausencia tañida de cierta nostalgia. 

Mis pasos sonaban huecos y mi vestido arrastraba sobre la brillante madera del suelo. El corazón me latía con fuerza y una especie de espiral blandía en mi estómago. 

Había pasado el tiempo suficiente para que, tal vez, se hubiera olvidado de mí, pero el momento del baile también podía ser una buena ocasión para algo más que bailar. 
No sería pasión, sería redescubrimiento. 
Sería latido… sin pulsión. 
Un encuentro de miradas y, sí, también, de sensaciones que no necesitan nombre para existir. 

Crucé el umbral y el salón me envolvió con su aire cálido y la música que todavía parecía retener el eco de los pasos anteriores. Allí estaba él, girando suavemente con otra. Ella levantó la vista y me encontró, pero él no; su atención estaba dirigida a otro lugar, a otro compás que no era el mío.

Por un instante me quedé quieta, dejando que la escena me alcanzara en su totalidad: los movimientos medidos, la risa contenida de la otra, la indiferencia involuntaria de él; su mirada estaba fija en otro compás, en un instante que no me incluía. No sentí sorpresa ni celos, solo un reconocimiento de lo que había sido y aún era: un espacio que yo conocía, ahora habitado por otra presencia.

Respiré hondo y me permití avanzar un paso, apenas uno, calculando la distancia que me separaba de lo que deseaba tocar sin tocar. Cada giro de ellos parecía dibujar líneas invisibles entre nosotros, tensas y precisas, recordándome que aún podía decidir cómo entrar en aquel baile, aunque todavía no fuera el mío.



La música flotaba espesa, con un grave sostenido, cuerdas bajas, casi un susurro que obligaba a acercarse para escucharlo. Un vals lento, oscuro, de esos que no invitan a girar, sino a deslizarse, como si el aire mismo se moviese al compás. 
La máscara ocultaba lo evidente y revelaba lo esencial.

—Pensé que no volverías —dijo, sin mirarme aún, apenas un soplo que se perdió entre los acordes. 

No respondí. No hacía falta. 
Su mano encontró mi espalda con una delicadeza aprendida, no conquistada. 
No buscó, no apretó. Esperó. 
Solo entonces me permití acercarme un poco más, lo justo para que el espacio entre ambos dejara de ser seguro; ese espacio mínimo donde el cuerpo recuerda antes que la memoria… La tela, el calor, la respiración ajena marcándome el ritmo. 


Bailamos. 
Lento. Medido. 
El cuerpo entendiendo antes que la cabeza. 

Un roce de dedos al girar, más tiempo de lo necesario. La presión suave de su palma guiando el paso, mi respiración acompasándose a la suya. Nada desbordado. Todo contenido. Una pregunta que no debía formularse en voz alta. Yo no retiré la mano. Tampoco la apreté. 

Y en ese vaivén lento comprendí que algunas ausencias no son huida, sino promesa aplazada. Que volver no siempre significa quedarse, pero sí atreverse a sentir de nuevo. 
No es olvido, sino reserva. 
Que hay deseos que no buscan consumirse, sino permanecer tensos, vivos, exactos. 

Cuando la música murió, el silencio quedó suspendido entre nosotros. El abrazo se deshizo despacio, con una última cercanía que rozó la promesa. 
Él dio un paso atrás. Solo uno. El suficiente. 
Otras manos lo reclamaron, otras máscaras, otras presencias que no podían esperar. 
Antes de girarse, alzó la mirada.
No fue despedida. Fue sostén. 
Un hilo tenso entre dos cuerpos que ya no se tocaban. 

Nada había cambiado… 
y, aun así, aquella mirada quedó suspendida, latiendo sola, mientras la música volvía a reclamarlo.

Solo un baile: el baile de máscaras.





Imágenes del texto generadas por gemini @©ɱâğ


7 de enero de 2024

El Pecado encarnecido...

El tiempo se me había echado encima de manera irremediable. No contaba con nada, salvo con la invitación al baile que, cada última noche de año, celebraba el caballero Dulce: el de los instintos perversos, las palabras encantadoras y las intenciones claras. Dice en su invitación «el azar te mostrará tu camino». Él y sus misterios, sus enigmas y los senderos intrínsecos a su naturaleza. 
Y el azar son estas tres cartas selladas con su anagrama que adjunta a la invitación. Elegir una y mostrar a la entrada. Mi curiosidad es poderosa y mis enigmas tan misteriosos como los suyos. Vestirse de piel, encadenarse a cadenas invisibles y postrar valentía desde el suelo con la hechura de Mujer. Santo y seña. El Pecado encarnecido. Secretos al desnudo. Noche de enigmas y placer.

Botas de cuero altas, por encima de la rodilla, con tacón de aguja que me encumbra sobre los pilares. Cuero negro como atadura de mi carne y un entramado de nudos cruzando mi espalda desnuda hasta donde pierde su nombre. Cada paso revolotea la cola que arrastra mi vestido y cada golpe de tacón reverbera en el filo de la falda, haciendo temblar el misterio que esconde bajo ella. En mis muñecas, puños de sirvienta francesa y en mi cuello, entre los encajes blancos, una sutil argolla. Sé que será todo de su agrado y también de su placer.

Llegué al baile más allá de la última campanada, cuando el bullicio estallaba en todo su esplendor, sumido en risas y susurros que se entrecruzaban en el revolucionado compás de la música. Cada paso sobre el suelo pulido resonaba, pero mis pisadas pasaban desapercibidas entre las sombras y los destellos de las máscaras danzantes. Mis ojos, ocultos tras la seda negra y enigmática de mi antifaz, buscaban sin descanso al caballero Dulce entre la maraña de desconocidos y de damas cuya identidad no me pasaba inadvertida. 

Sentía el cosquilleo de la curiosidad, el palpitar acelerado del deseo que latía en sintonía con el incesante ritmo de la noche. Fue entonces cuando el aroma a sándalo y ámbar, su sello personal, se entremezcló con la brisa que acariciaba mi piel. Su presencia se hizo palpable, un magnetismo que guiaba mis sentidos hacia él. Sin previo aviso, una mano firme pero gentil se posó en mi espalda descubierta, siguiendo el intrincado enredo de nudos que desafiaba lo convencional. 

—Encantado de que hayas llegado, dama de enigmas y seducción.
—Siento haber llegado tarde, pero agradecida por contar conmigo un baile más.
—¿Estás lista para desafiar al azar y adentrarte en los rincones más profundos de la noche?

Su voz resonó con una promesa implícita, desafiando mis límites y despertando la curiosidad más intensa. Asentí en silencio, dejándome llevar por la corriente de seducción que nos envolvía. Él tomó el control, su mano firme guiando cada movimiento mientras nos alejábamos hacia un rincón apartado del jolgorio.
—¿Y vos? —concluí por susurrar.
El ambiente se tornó más íntimo, las sombras se hicieron cómplices de nuestros secretos. A pesar de todo, su voz fue un susurro íntimo que se filtraba entre la algarabía del baile. Su aliento cálido acariciaba mi cuello y su presencia imponente me envolvía en un halo de magnetismo y misterio. En ese instante, la conexión entre nosotros se volvió eléctrica, una danza silenciosa de miradas a través de nuestras máscaras. Con gestos apenas sugerentes, él me condujo hacia el centro de la pista, tirando de la argolla de mi garganta. Ahí, los cuerpos se entrelazaron en movimientos sugestivos y sincronizados en una coreografía íntima de pretensión y deseo.
Las luces centelleaban sobre nuestras figuras enramadas, la música reverberaba rodeándonos y cada gesto, cada ligero roce, revelaba propósitos oscuros sobre la piel oculta. Entre risas y miradas cómplices, el caballero Dulce y yo nos sumergimos en un juego de seducción, donde las máscaras no solo ocultaban identidades, sino que exaltaban la pasión que ardía entre nosotros. En un giro calculado, sus labios rozaron mi oreja, susurros de deseo que desencadenaron en un intenso escalofrío que me recorrió entera, estallando en el centro de mi vientre para convertir mis entrañas en el inicio de un dulce y embriagador manantial capaz de azorar la voluntaria sed de mi partenaire.
Apartados del gentío, en la penumbra de una profunda habitación donde los deseos más livianos se escondían para tornarse perversos y oscuros, cómplices y deliberados, el caballero Dulce, con maestría, desató cada uno de los nudos que ataban mi vestido, dejando al descubierto la piel que ansiaba sus caricias. El brillo de la luna se filtraba entre las cortinas, iluminando la escena donde el juego de poder y sumisión se entrelazaban con el fuego de nuestras almas.

Cadenas invisibles nos unían en un vaivén de sensaciones, donde el placer se entremezclaba con el misterio, y la entrega se convertía en un lenguaje silencioso entre gritos contenidos, gemidos desvelados y suspiros clandestinos. Fue el clímax de las horas ignoradas el que nos sumergió en la profundidad de nuestros instintos más salvajes y prohibidos, desafiando al azar para entregarnos, yo a su voluntad y él a sus perversos instintos en un consenso santificado por nuestros mutuos deseos.

—Siento complacido vuestra entrega —me dijo mientras soltaba los amarres que habían sujetado mis muñecas a la cruz.

En sus ojos todavía palpitaba la exacerbación de su deseo, el fuego que todavía llameaba avivado en mis entrañas. Cada nudo de mi vestido había sido una bocanada de libertad, cada caricia un soplo de felicidad; cada beso, un enjambre de sensaciones compartidas que culminaban en la densidad de un abrazo cálido y reconfortante. tanto para la piel sofocada como para el alma satisfecha.

—Gracias, mi estimada Magda, por este bello baile.
—Gracias a vos por sumergirme en él —respondí, dejando mis puños sobre el potro. Una evocación del placer.

Nuestros pasos nos volvieron a encaminar hacia el baile, donde algunos invitados dieron cuenta de nuestra ausencia; otros quisieron ser ignorantes. Repetimos un baile, sin intenciones ni pretensiones oscuras. Luego, desaparecí para perderme en la noche, y entre sus recuerdos.

Baile de máscaras en la maison de Monsieur Dulce




1 de enero de 2023

Doce campanadas...

Seis y veinte de la tarde. La invitación al baile de fin de año de Monsieur Dulce llegaba un año más. Sonreí y agradecí, confirmando mi presencia. De nuevo elegancia y sencillez en su presentación.

Habrá que ponerse el ajuar de la noche y destilar sensualidad desde la primera mirada hasta la última huella dejada al abandonar aquel salón donde las máscaras, ya caídas, resonarán como un eco en cualquiera de aquellos cuartos donde la magia se volvía caricia perversa o deseo consumado. 


Los velos cubren la noche como un misterio insondable y la magnificencia del lugar provoca un estallido en el pecho. Mis pasos, seguros, atraviesan el soportal. Se desdibujan bajo el hálito de una noche fría y estrellada. La música se escucha al fondo, tras las puertas que se abren de par en par ante cada anunciada llegada. Mi nombre se escucha rotundo y las miradas, al igual que se han dirigido hacia los demás, se fijan en mí. O tal vez no sea en mí, sino en la desnudez que se intuye bajo el chantilly rojo que me arropa. La piel es un tapiz escandaloso ante los ojos gazmoños como ante los lascivos.

Monsieur Dulce aparece sereno, con la mirada clavada en la mía. Sus pasos son tan pausados como firmes. Su sola presencia embriaga. Un ligero rumor aletea en la sala, por encima de la música que da la bienvenida. Una leve inclinación de cabeza a modo de atención. Unas palabras escuetas y un besamanos que, aunque no se estila, él lo impera con sus invitadas. Al tiempo, sutilmente, deposita una llave en mi mano. Pareciera que todas ocultan lo mismo. Es un juego donde el instinto más perverso, estoy segura, ha de ganar pues he aquí sus Dominios.

Bebidas y viandas, exquisiteces de bocado para el paladar, se extienden a lo largo y ancho en mesas soberanamente montadas. Nos podemos reconocer los unos a las otras, las unas a los otros, bajo las máscaras. La lista de invitados se va completando conforme se acerca la medianoche. Y como Cenicienta, antes de la doceava campanada, desaparezco por una de las escaleras, dirección a los abismos donde la perversión y el juego se abren tras aquella puerta y se confesarán los placeres más oscuros y los juegos intensamente depravados.  Arriba, la algarabía se funde con la entrada del año. Sueños y esperanzas se bañan en burbujas. Aguardo la luz del Señor desnuda de mis sombras, tallada frente a una cruz en aspas para cabalgar amarrada a un rosario de eslabones sobre un mar enfundado en cuero y nudos, para percibir mil caricias que quemen mi piel y la marquen a fuego en un silencio que, olvidando su sepulcro, se convierta en gemido y anhelo siendo, esto, brindis reservado para el Pecado. Ahora, solo cabe orar a la madrugada y un nuevo despertar sobre la carne entregada.
Amén.





Gracias, Mi Estimado Dulce, por otro magnífico baile.
Feliz Año para ti y para todos los asistentes; para quienes me han acompañado a lo largo de estos 365 días; para quienes hemos bordado sentimientos con puntadas de letras 
y hemos rubricado, un año más, esta hermosa amistad y camaradería; 
para quien desee la calidez de una sonrisa y el abrazo de un gesto; 
para quien, sabiéndolo y sin saberlo, es parte de mí y de todo este universo.
Por un Nuevo Año lleno de ilusión, de ganas, de sueños... 
y de muchas realidades que ir marcando en el calendario. 
©ɱağ

31 de diciembre de 2021

Más Allá de Media Noche...


Cuando recibí su invitación al baile me sonreí. La tentación es el juego perfecto de Monsieur. A nuestra disposición toda su mansión donde la seducción, el misterio y el instinto tienen cabida. Atreverse no es fácil. No querer volver, tampoco. Todo un mundo evocador a nuestros pies donde, sin darnos cuenta, revoloteamos como moscas sobre la miel buscando ser destino final de su mirada y de sus favores, corteses o no. Los favores de la noche son como los caminos del Señor, inescrutablemente misteriosos.

Ahora quiere abanicos, señales que desnudarán todas las intenciones. Tengo cierta curiosidad por ver cómo las damas se exponen. El mío permanecerá cerrado, hasta que lo considere adecuado, engalanando mi escote, entre la nube de mis pechos.

Mis pasos me abocaron al salón principal donde sonaba el vals que había abierto el baile. El león sonreía y el vampiro que aletea dentro de él afilaba sus dientes. Pasé ante la pareja, sin prisa, dejándome ver, arrastrando la falda de mi vestido como la cola de una serpiente zigzagueando. Le miré directamente e hice un suave gesto con la cabeza, una leve inclinación de saludo. Pude percibir el rugido del león recorriendo mi espalda y cada uno de los contornos de mi cuerpo. El león es sigiloso pero deja su aroma por donde pasa para marcar su territorio y esta noche, yo, quizá tan insolentemente como intencionadamente, lo estaba invadiendo.

Subí la escalera solemne, sin mirar más allá de los escalones, hasta llegar a los últimos. Entonces, crucé mi mirada con la de él que respondía sí a una pregunta que yo no había formulado.
Me acomodé en el aposento. Disfruté del champán bien frío, de las vistas al amplio jardín iluminado con antorchas cuyas llamas erigían las figuras de los setos como monstruos silenciosos. Abajo seguía la fiesta, los bailes reservados, los agasajos. Arriba, mi estrategia, mi paciencia y yo.
El león se prepara, acecha y ataca. La serpiente olfatea, va directa, clava sus colmillos... como el vampiro. Y cuando todos son, al mismo tiempo, presa y cazador se produce la eclosión de dos sangres, de dos instintos de lucha, dos instintos de vida.

La puerta se abrió. Las velas tintineaban. Mi vestido perdía su norte y mi propósito, a punto de ver sus logros. No hubo palabras. Solo las miradas se fortificaron sobre las pieles.

—He reservado el mejor baile para vos, mademoiselle.
—No esperaba menos de vos, Monsieur.

Solo en ese momento abrí mi abanico para que ahora fuera él quien sintiera el verdadero mensaje que le enviaba. Sus formas eran el mejor agradecimiento por asistir a su baile. Y yo, a su altura, correspondí. Porque yo soy, en sí, todo un abanico de piel, entrañas, y alma.





31 de diciembre de 2020

El Baile

Por estas fechas, el buzón se convierte cada día en el mapa del tesoro. Descubrir la tarjeta de invitación de Monsieur Dulce para su Baile de fin de año es un acontecimiento que conlleva una catarata de emociones y sensaciones. 
Abrí el sobre con la impaciencia de una niña que espera el mejor regalo. Sencillez, concisión, ese toque tan suyo..., tan personal, tan elegante, tan agudo.



Cae el atardecer bajo un cielo arrebolado y colmado de nubes. A través de los cristales de mi ventana, la ciudad se define con un perfil sombrío que aligera el brillo de las luces. Mi vestido, tan negro como el alma de un diablo, tan lleno de arabescos como el infinito de un enigma y tan sutil como descarado, queda pendiente sobre la cama. Un toque de color para arropar mi desnudez. Un aroma profundo para ambientar mi piel y dejar la esencia que pretendo: Embriagadora pero sin aturdir. Huella innata de aquello que se desea y acaricia con Pecado.


Aún siento la sinuosidad de su caricia ovalando mi rostro. Ese roce de su piel encarnando el deseo. El hacerlo en mí luz de oscuridad, luminaria de un carnaval de piel, de un abismo de puros flagelos en los pliegues de la carne. Saberlo horizonte en la bacanal de mi boca porque el anhelo y la magia de una noche peligrosa esconden enigmas que se acaban por descubrir más allá de las miradas impenetrables, esas que atrapan como un conjuro... indescifrablemente explicable.

Se eriza todo mi ser y el reflejo de mi mirada me habla de lujurias y bendiciones. El instinto ruge pendiente de un baile, de una canción sin letra que despierta a la Hembra, insinuante, escultora de sus ansias leoninas. Sí, efectivamente, ya estoy lista para tentar al Pecado y con un poco de sutil astucia, vencerlo a mi favor, rendir a la fiera y hacer del Macho un yaciente de inquietud latente que le encienda la sangre y revele su naturaleza salvaje.
Sí, estoy perfectamente preparada para enfrentarme al destino de esta noche que brillará con la delicada luz de mil interiores, con el volteo de faldas acompasadas, de punciones enervadas unas, anheladas otras, consumadas... tal vez, y de mil sueños que se harán lascivas realidades o meras ensoñaciones de juvenil reclamo.

Monsier Dulce me digo, ábrame las puertas de sus Dominios que vengo con prisas calmas e inocencia oscura, dispuesta a romper la noche y robarle la mejor de sus sonrisas mientras sus brazos danzan quedos en torno al seísmo callado de mi cuerpo.



Pasados unos días, no podía dejar de agradecer la invitación. Una señorita como yo no puede permitirse el lujo de ser descortés con un caballero del temple de Monsieur Dulce:


Gracias, Monsieur Dulce, por la invitación un año más a su magnífico baile donde ha hecho gala de su perfecta organización. He de decirle que la decoración era exquisita y me quedo sin palabras para definir su fabuloso vino.
Disfruté incomensurablemente de la compañía del resto de los invitados y fue un placer haber coincidido con personas que, usted sabe muy bien, son maravillosas. No cabe duda de que su baile, Mi Estimado Dulce, es el perfecto punto de encuentro para fortalecer el vínculo de amistad que a todos nos une. Gracias, una vez más por hacerme partícipe de un evento tan significativo y por deleitarme con una velada tan agradable e intensa a su lado.
Espero pueda acompañarme uno de estos días a un almuerzo en mi casa y agradecerle personalmente la atención que me ha dispensado.

Suya, 

Mag

31 de diciembre de 2019

El Baile de Fin de Año...

En la Mansion de Monsieur Dulce


Siempre exquisito en sus detalles, Monsieur Dulce hizo llegar a mi casa una invitación personal a través de un hombre de su confianza. Sonreí y la dejé ya dentro de mi bolso para no olvidarla en el último momento, presa de las prisas del último momento.


Regalo de Dulce. Gracias
Picar en la imagen para ver el Baile

Aquel mediodía hice venir a mi peluquero personal y mi ayudante de cámara me ayudó con mi atuendo, especialmente diseñado para aquella noche tan particular de Fin de Año.
Impaciente, el corazón empezó a galopar dentro de mi pecho como el traqueteo del carrusel de la feria mientras aguardaba la llegada del coche cerrado y tirando por dos maravillosos caballos blancos cuyas vaharadas de aliento se confundían con la niebla. El lacayo me abre la puerta y amablemente me ayuda a subir.
Recorremos la ciudad bajo aquella nívea niebla adornada con pequeños cristales. La ciudad tiene un ambiente especial. La Navidad es especial y a todos nos hace especiales. El Fin de Año tiene algo de Pecado, algo de travieso. Se percibe. Lo noto.
Los escaparates, la gente en la calle pese al frío, los cafés...


El coche se detiene ante la puerta porticada de la mansión de mi anfitrión donde, gentilmente, el personal de servicio va recibiendo a los invitados cuidadosamente elegidos para la ocasión. Coincido con unas cuantas conocidas y sus acompañantes. Un caballero me hace un gesto de cortesía. Va solo. Sonrío y sigo mi camino.
Música de cámara acompaña nuestros pasos hacia el salón. Un cuarteto de cuerda en el que reconozco a Sebastian Bach en uno de sus Allegros ameniza el cóctel de bienvenida previo al Gran Baile, llamado de los Susurros, cuya celebración, como todos los años, tiene lugar después de las campanadas y del espectáculo de fuegos artificiales al otro lado del lago que podemos ver desde el jardín siempre que el tiempo lo propicie. La niebla lleva días instalada sobre la ciudad y sus alrededores. Más allá de los Jardines de Luxemburgo es más densa. Esta noche, intuyo, que Monsieur Dulce nos sorprenderá con algo novedoso.

Las alabanzas y expresiones de asombro se acompasan con la música del espectáculo circense. Las risas coquetas o nerviosas de algunas damas se combinan con la intención cortés o pícara de los caballeros que pretenden que su nombre aparezca en el carné de baile de alguna de ellas. No todas estiman el honor y la gracia de tener el de Monsieur Dulce. Hasta esta noche no he dejado de sentirme halagada por ello.

Veo a los sirvientes complacernos con más champán, el mejor, y vino de la cosecha propia de Monsieur —Le Lión d'Or—  con alguna vianda de bocado y confirmo los primeros acordes de danzas posteriores. Las miradas han tenido respuesta. Los caballeros se han hecho valientes, y todos empiezan a tomar posición frente al gran reloj situado en lo alto de la gran escalera. No tarda en aparecer Monsieur Dulce, elegantemente ataviado en morado y oro, a la moda del momento, dejando ver unas finísimas puñetas bajo las mangas y una maravillosa cravate a juego así como aquellos fantásticos zapatos de tacón.

—Madames y Monsieurs, sean bienvenidos a la Mansión. Un placer tenerles aquí y recibir el Nuevo Año juntos. Disfruten del baile y de la compañía. ¡ Salud! ¡Feliz Año!

Cuando él encabeza el paseo hacia el salón de baile ya tiene decididas qué invitadas van  a disfrutar de su compañía, del calor de su sonrisa, de unos minutos de trivial conversación y del perfume a maderas orientales que utiliza y que deja huella en los guantes y en los sueños de algunas de estas damas. No reniego de su compañía. Siempre me es grata.

Elegan Soiree de Victor Gabriel Gilbert 

Envueltos en el sonido de aquella orquesta interpretando un vals y mientras bailo con un distinguido caballero que había captado mi atención aquella noche —el mismo que me había saludado cortésmente al llegar—, se acercó con su pareja de baile y de una forma sutil y grácil, con cierto tono sensual me dice:

—Mademoiselle Mag, el próximo baile es nuestro... —Y con el fluir de sus palabras sobre las notas del Vals de las flores de Tchaikovsky me deja dando vueltas en la intimidad de los brazos de mi compañero de baile.

Waltz de Vladimir Pervuninsky