Hacía más de un año que no acudía al castillo de Monsieur Dulce. No quería hacerlo a lo grande, más bien del mismo modo en el que me había ido.
No en un silencio sepulcral, pero sí en una ausencia tañida de cierta nostalgia.
Mis pasos sonaban huecos y mi vestido arrastraba sobre la brillante madera del suelo. El corazón me latía con fuerza y una especie de espiral blandía en mi estómago.
Había pasado el tiempo suficiente para que, tal vez, se hubiera olvidado de mí, pero el momento del baile también podía ser una buena ocasión para algo más que bailar.
No sería pasión, sería redescubrimiento.
Sería latido… sin pulsión.
Un encuentro de miradas y, sí, también, de sensaciones que no necesitan nombre para existir.
Crucé el umbral y el salón me envolvió con su aire cálido y la música que todavía parecía retener el eco de los pasos anteriores. Allí estaba él, girando suavemente con otra. Ella levantó la vista y me encontró, pero él no; su atención estaba dirigida a otro lugar, a otro compás que no era el mío.
Por un instante me quedé quieta, dejando que la escena me alcanzara en su totalidad: los movimientos medidos, la risa contenida de la otra, la indiferencia involuntaria de él; su mirada estaba fija en otro compás, en un instante que no me incluía. No sentí sorpresa ni celos, solo un reconocimiento de lo que había sido y aún era: un espacio que yo conocía, ahora habitado por otra presencia.
Respiré hondo y me permití avanzar un paso, apenas uno, calculando la distancia que me separaba de lo que deseaba tocar sin tocar. Cada giro de ellos parecía dibujar líneas invisibles entre nosotros, tensas y precisas, recordándome que aún podía decidir cómo entrar en aquel baile, aunque todavía no fuera el mío.
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La música flotaba espesa, con un grave sostenido, cuerdas bajas, casi un susurro que obligaba a acercarse para escucharlo. Un vals lento, oscuro, de esos que no invitan a girar, sino a deslizarse, como si el aire mismo se moviese al compás.
La máscara ocultaba lo evidente y revelaba lo esencial.
—Pensé que no volverías —dijo, sin mirarme aún, apenas un soplo que se perdió entre los acordes.
No respondí. No hacía falta.
Su mano encontró mi espalda con una delicadeza aprendida, no conquistada.
No buscó, no apretó. Esperó.
Solo entonces me permití acercarme un poco más, lo justo para que el espacio entre ambos dejara de ser seguro; ese espacio mínimo donde el cuerpo recuerda antes que la memoria… La tela, el calor, la respiración ajena marcándome el ritmo.
Bailamos.
Lento. Medido.
El cuerpo entendiendo antes que la cabeza.
Un roce de dedos al girar, más tiempo de lo necesario. La presión suave de su palma guiando el paso, mi respiración acompasándose a la suya. Nada desbordado. Todo contenido. Una pregunta que no debía formularse en voz alta. Yo no retiré la mano. Tampoco la apreté.
Y en ese vaivén lento comprendí que algunas ausencias no son huida, sino promesa aplazada.
Que volver no siempre significa quedarse, pero sí atreverse a sentir de nuevo.
No es olvido, sino reserva.
Que hay deseos que no buscan consumirse, sino permanecer tensos, vivos, exactos.
Cuando la música murió, el silencio quedó suspendido entre nosotros. El abrazo se deshizo despacio, con una última cercanía que rozó la promesa.
Él dio un paso atrás. Solo uno. El suficiente.
Otras manos lo reclamaron, otras máscaras, otras presencias que no podían esperar.
Antes de girarse, alzó la mirada.
No fue despedida. Fue sostén.
Un hilo tenso entre dos cuerpos que ya no se tocaban.
Nada había cambiado…
y, aun así, aquella mirada quedó suspendida, latiendo sola, mientras la música volvía a reclamarlo.
Solo un baile: el baile de máscaras.
Imágenes del texto generadas por gemini @©ɱâğ
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Sueña porque soñar es vivir y vivir es sentir...