En el telar de mi ser, entrelazo las letras que brotan de mi alma,
tejidos de emociones que danzan sobre este lienzo negro que, ante tus ojos, se ilumina.

Aquí confluyen los latidos y los desvelos de otras horas ajenas al dogma,
donde cada palabra es un puente y un testigo de este vínculo,
donde deseo que el tiempo se detenga y la eternidad se haga presente.

7 de marzo de 2017

7

 Un antes lleno de recuerdos.
Un después lleno de olvidos.



Se había levantado aquella mañana más contenta aunque no sabía el motivo. Observaba el paisaje a través de la ventana. Siempre le había parecido muy hermoso. Y parecía reconocer al gato cuando se rozaba en sus piernas, ronroneando, aunque, simplemente, lo llamaba “gato”. Era lo único que tenía claro de él.

Su vida era una serie interminable de archivos, de información repetida. Día a día, antes de irse a dormir, repasaba lo anotado sobre una página casi en blanco porque así era parte de su memoria al día siguiente. Al principio, no parecía ser tan duro como ahora y le daba miedo dormirse. Despertar era sentirse perdida. No saber dónde estaba, con quién estaba, cuándo, cómo… Todo cuanto vivía, experimentaba, pensaba, hacía… quedaba perdido a largo plazo, un plazo que no abarcaba más allá de, en ocasiones, minutos; a veces; horas. Y nunca superaba aquella jornada. 

Habían pasado ya varios meses desde el accidente pero su amnesia anterógrada la mantenía esclava a la inexistencia de recuerdos. Un paso lleva a otro paso pero, en su caso, un paso siempre era un primer paso que no llegaba a ninguna parte. Un antes lleno de recuerdos. Un después lleno de olvidos. Ni tan siquiera tenía tiempo de sentirse mal, ni decepcionada, ni impotente. Se le olvidaba. Su mente era un continuo ordenador siendo reseteado sin haber guardado antes la información. Información caduca. Información perdida. Cierre de pantalla. Documento nuevo. Su vida era nacer cada día pero con menos tiempo para vivirla. 

Le habían recogido la cafetera de cápsulas y se hacía el desayuno con la cafetera de toda la vida. No tenía un teléfono inteligente. Le daba igual tener cien canales de televisión o ver repetida la película del lunes el domingo y seguía haciendo fotografías con la vieja réflex aunque olvidaba que las había hecho. 
No pensaba en Flavio a pesar de ser el hombre que amaba. Tampoco cuánto lo amaba y su nombre era olvidado al tiempo de ser pronunciado. Era un tipo simpático que le traía flores todos los días, que dormía en la habitación de al lado según que noches, que le tocaba con la guitarra su canción favorita, que le preparaba el desayuno los días de fiesta y le hablaba de sueños compartidos que no siempre sentía fueran suyos, de lugares a los que no habían ido… pero irían. Le hablaba mil veces de unas flores del desierto que crecían a la luz de la luna y olían como azahar, de cómo se habían conocido o cómo había sido aquel primer beso o, incluso, cómo había sido de especial haber hecho el amor en aquella cabaña de la montaña. Solo sabía que se sentía muy bien a su lado y se llenaba de felicidad, que le encantaba ser besada y abrazada por él, que se volvía loca cuando le hacía el amor… Y luego, todo era empezar...

Pero cada dos por tres se encontraba un cartel, un folio rosa flúor con una larga explicación que le recordaba que debía repasar su memoria artificial: Ir al salón, abrir el ordenador y ponerse nerviosa porque el sistema era nuevo aun siendo ya obsoleto. Buscar los archivos que tenía escritos según el calendario de su agenda, de la que no se separaba por nada del mundo, donde iba apuntando con frases inconclusas y expresiones alteradas aquello que vivía en un momento dado y le llamaba la atención. Ir a la pared del pasillo, obligado paso para moverse por la casa y donde se acumulaban fotografías de personas y cosas con datos pertinentes que le sirvieran de recurso. 
Sin embargo, nunca le había gustado hacer punto y no había puesto interés alguno en aprender. Ahora hacía unos encajes preciosos. Nunca un gato tuvo una mantita tan trabajada. 

Al final del día siempre tenía una nota que no era suya y que continuaba para ser la primera anotación del día siguiente: 

... Hoy es un nuevo día, cielo. Todo un mundo por descubrir, un recomenzar. Vuelve a brillar el sol. Lo que pasó ayer ya no importa. Hoy tenemos de nuevo todas las oportunidades. Estás en mi mente y sé que yo estoy en alguna parte de la tuya. Mira mi foto. Mira a Flavio. Mira al hombre que te ama, que te busca y que esta noche te hará el amor. 
Ten un buen día, amor. Te he dejado el café hecho. Muah… Muah… 

La fotografía de ambos en París era el marca páginas de la agenda. La tomó en su mano y sonrió: 

- Sé que te amo pero lo olvidaré en un momento. No volveré a pensar en ti hasta que vuelva a ver la foto y sonría de nuevo. En algún momento entrarás en casa y volveré a preguntarme por qué…




Tema 7-52: Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.

2 de marzo de 2017

6

A los pies del  Coloso


Abrí los ojos a duras penas. La luz se colaba por los resquicios de una densa cortina mal corrida. Mis párpados parecían dos losas. Me sentía tremendamente cansada y, por un momento, confundida. Me costó ubicarme.


Abracé la almohada. Olía a él. Me envolvió su aroma.
Yo…, yo, también a él, a su sexo, a su esencia… Tenía mi piel impregnada de él.
Tenía agujetas hasta en el alma porque hasta el alma me había follado. Me desentumecí un poco y mi cuerpo se resintió encima de las sábanas.
Un intenso aroma a café envolvía el ambiente. Y me pregunté si había dejado que el servicio de habitación me viera desnuda sobre la cama. Me entró un repentino sentimiento de pudor… y una convulsión de rabia.

Me acerqué hasta la silla donde estaba su ropa. Quería tocarla, sentirla sobre mi cuerpo. Cogí su camisa, con ese olor tan de él, de su perfume, de su piel… Me embriagué de todo ello, de todo su ser, y sentí que me abrazaba. Sonreí.

Cuando me dijo que le acompañase a Roma, lo último que esperaba es que me fuera a dar aquella noche tan especial. Pensé que sería un viaje más de esos de trabajo, tedioso y largo. Y, realmente, así habían sido las jornadas anteriores. Terriblemente tensas, sin un minuto para relajarse.

Al pasar frente al gran espejo sobre el taquillón, me alcé sobre mis puntillas. Me picaban los glúteos. Con razón. Todavía  tenía  rubores en mis nalgas de las palmadas dadas.
Sonreí con cierta picardía. Sarna con gusto no pica aunque mortifica. Pero sentirme así, atrapada en sus dominios, gozar de ese deseo, de su virilidad, del golpeteo de sus palabras ahogándome las ganas al tiempo que enervaba mis lujurias… Sentirme tan hembra, tan salvaje y tan atrapada en sus garras. Una experiencia indiscutiblemente repetible.

Me serví una taza de café, y me acerqué al balcón cuyas puertas permanecían a medio cerrar. Un sol resplandeciente, con alguna nube en el cielo y al fondo, el Coliseo. Imponente. La ciudad bullía y el café se deslizaba por mi garganta. Me perdía en esa sensación mientras el fresco de la mañana se colaba por debajo de la camisa, erizando mi piel… sin percibir la presencia de Mark acercándose por detrás hasta que su pecho se apoyó en mi espalda. Me sobresalté. Sus brazos se cruzaron en mi cuerpo, y su aliento se fijó en mi cuello.


- No imaginé nunca que mi camisa pudiera sentarte tan bien –me susurró mientras rozaba el lóbulo de mi oreja con sus labios. Mis pechos se irguieron… Su aliento, la sensación de sentirle tan cerca, su erección en mi piel, mi imaginación llena de lujuria. Eché la cabeza hacia atrás cuando sus manos atraparon mis pechos.

- Todavía me duele el culo…
- Eres una floja. Fueron cuatro palmaditas de nada… -aseguró mientras bordeaba la cadera para centrarse sobre mi sexo.- Y todavía estás mojada. Anoche me sorprendiste aunque sabía que dentro de ti hay una viciosilla. Te comportaste como una salvaje y al final cediste como me gusta. Quiero que seas siempre así en mi cama…- musitó, de pausa en pausa, besándome el cuello, mordisqueándome. Noté que me estremecía entera, que mi cuerpo temblaba, que volvía a sentirme húmeda… y solo me había rozado. Sin profundizar más. Abrí mis piernas cuando sentí sus dedos rozando mis labios…- No sueltes la taza –inquirió adentrándose en mí, cerrando sus dedos en torno a mi clítoris que parecía esperarlo con cierta ansiedad. Nada más fue tocado, reaccionó.



Abrió la camisa. Dejó al descubierto mis pechos… Los buscó, los magreó suavemente, despacio…, indagando en la erección de mis pezones. En ellos todavía sentía la tirantez de la noche anterior, la tortura sufrida por sus dientes, por sus labios, por sus manos… Aquellos tirones, aquellas retorcidas… Aquellos gemidos que me había provocado; los gritos que había acallado tapándome la boca, echándome hacia atrás mientras me empotraba una y otra vez…

Ahora, en ese momento, ahí, con Roma ante mis ojos, Mark provocaba mi excitación. Hacía que mi sexo empezara a llorar por sus gestos, por él, por las ganas de ser poseída de nuevo, de entregarme sumisa, completamente cedida, consintiéndolo…

Costaba mantener la taza en equilibrio. Las piernas me temblaban, y las ganas de aferrarme a él, de poder tocarlo, sentirlo…, me turbaban un poco.
Mi respiración se entrecortaba al mismo ritmo que el café retemblaba en su recipiente. Del mismo modo que mi cuerpo temblaba entre los brazos de ese hombre que me había llevado a la realidad de una experiencia mil veces imaginada.

- Si se te cae una gota de café, te castigaré… -me dijo con tanto convencimiento que me revelé. No acepto bien las órdenes y como juego estaba bien pero me sonó demasiado autoritario.
- ¡Deja de decir ya tonterías!  –Y al tiempo que lo decía, él me dio una palmada en el trasero. Entre que no me lo esperaba y que ya andaba con el equilibrio reducido por la excitación, el café se me desbordó de la taza, cayendo sobre la camisa. Le miré y quise ponerme en mi sitio. Me quitó la taza de la mano, con toda la serenidad y parsimonia del mundo, como si ni me escuchara ni oyera siquiera. La dejó sobre la mesa. Me miró. Por un momento pensé que iba a estamparme una bofetada. Su mano se abrió y me agarró de entre las piernas con fuerza, juntando mis labios, haciéndome poner de puntillas y provocando mi quejido. Amén de que estaba resentido de los toques a mano abierta recibidos en la noche. Me tapó la boca con su mano libre. Y juro que sentí cierta desazón.
- No grites… Te he avisado.

Supongo que se dio cuenta del mensaje que con la mirada le envié y aflojó ambas presiones. A cambio, me hizo caer de rodillas. Desanudó la toalla que se ceñía a su cintura, dejándola caer al suelo. Su pene estaba completamente erecto. Ahí, ante mis ojos, a la altura de mi boca. Agarró mi pelo como quien toma una rienda, y me sentí yegua domada, amedrentada por un segundo…
El juego no había terminado.
Me obligó a levantar la cabeza. Se inclinó. Me besó con rotundidad, casi doliendo…

-Ahora me harás caso y no es bueno que protestes… Te voy a llevar a semejante locura que suplicarás más… Abre la boca –ordenó mientras se ponía erguido. 

Obedecí sin rechistar, y no por sentirme amilanada, sino porque dentro de mí emergían unos deseos incontrolables de sentirle, sentirme, complacernos. Todo se me venía de forma natural como aquella arcada que me invadió al sentir su dureza clavada en mi boca. Ahí se mantuvo, probando mi resistencia, percibiendo mi agonía en ese momento. Sentí que me ahogaba… hasta que empezó a retirarse levemente.  Y el alivió se mimetizó con la leve pero decidida bofetada que me dio en la mejilla, mostrándome su dominación o para espabilarme, para mantenerme alerta... No me la esperaba. No contaba con ella y me enfurecí. Me aferré con las uñas a sus muslos. Clavé con fuerza y él empezó a embestirme, a profanarme la boca…
Sin contemplación… Dentro… Fuera…
Con rabia, con ganas… hasta que mis lágrimas se mezclaron con mi saliva…, y esta, con su bálsamo. 
Me lo bebí golosa, hambrienta,  famélica, ávida… mientras en mi mente sentía una liberación especial, un sentir en mi cuerpo se extasiaba el sentido de la suma entrega, de la sublimidad de ser poseída, culminada en un gozo compartido, ajena a todo sentido de humillación, de mal uso…
Sí, me sentí usada en plenitud, por consentimiento propio.

Ese día fue una fecha importante, ocho de noviembre. Mi nacimiento. El primer día de todos los que luego han venido; un día de entrega, de reconocimiento mutuo, una forma de sentir y de vivir nuestra sexualidad, nuestro modo de vivir nuestros encuentros más íntimos. El día que reconocí mi entrega. El día que me hice Suya. El día que no dejó de ser MÍO.

Tema 6-52: Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.

23 de febrero de 2017

5

Las ciudades de   Los   Muertos


Su entrada en la taberna había causado un tímido silencio, siendo el centro de atención durante unos minutos. Luego empezó a pasar más inadvertido y, aunque parecía ajeno a cuanto le rodeaba, no perdía detalle de todo lo que acontecía. 

Nada escapaba de su atención. Un ligero repaso al local y todo quedaba en su cabeza. Sonrió y, al tiempo, le avergonzaba la bravuconería de aquellos ebrios hombres propasándose con las chicas de la taberna que se zafaban o dejaban en función de sus ganas. Tampoco le pasó por alto aquella otra mujer que servía las comandas y bebidas sin perderse en lisonjas. No le llamaba la atención, a pesar de no resultarle indiferente, su cabello ondulado y rojizo, ni la blancura de la piel o el descarado escote por el que asomaba el nacimiento de unos pechos poderosos. Se había fijado en el hecho de que ningún hombre osaba tocarla de forma obscena y, curiosamente, en su vestido de mangas largas.

Tampoco para ella había pasado desapercibido el forastero por el porte y por su olor. Mientras él era como un lobo, capaz de oír a través del viento, por su extraordinaria capacidad de discernir los sonidos, aislarlos y quedarse con lo que realmente le interesaba; ella era como una loba en cacería, capaz de detectar cualquier olor, aroma, esencia, bálsamo a centenares de pasos de distancia. Y un olor tan especial como el de un Hergo no podía pasar inadvertido a una Derbra. 

El mesonero salía de la cocina con la comanda para el foráneo cuando la joven Derbra se interpuso en su camino. 

- Yo lo llevaré… 

Ni siquiera el hombre tuvo tiempo de reaccionar. Negó con una sonrisa y siguió a sus cosas. 

- Aquí tiene, señor. Espero le guste el estofado de jabalí. 
- Gracias –dijo sin mirarla. No le hacía ya falta-. ¿Puedes servirme un poco más de vino? 
- Sí, claro. 

Se ajustó la manga izquierda. Le llenó el vaso y cuando se iba a retirar, él la sujetó fuerte por la muñeca izquierda, la que ella tenía retirada adrede. En la cara interna tenía su destino marcado de nacimiento. Le quemaba la piel aquel contacto y sabía que no había marcha atrás. 

El hombre Hergo le giró la muñeca. Levantó la parte de la manga que le cubría la muñeca. Ahí, sobre las tres líneas naturales que marcaban la piel, estaba el extraño tatuaje; una mística mancha de nacimiento que él sabía debía llevar, y que confirmaba que ella era una Derbra, pero no una Derbra corriente, si no una de las que guiaban en el camino de la muerte para quienes estaban predestinados.
Solían asentarse en ladeas cercanas, con mucho tránsito de personas, sabiendo que en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos, donde los Hijos de las Trece Tribus  iban voluntariamente a morir por vejez, enfermedad, deshonor... o amor. Su destino era acompañar en ese momento crucial y solo, en casos muy excepcionales, extraordinariamente nombrados, tenían la potestad de recomponer ese luctuoso final. Sabía que no podía negarse si el Hergo susurraba o pronunciaba su verdadero nombre. 

- Te espero en mi cuarto, cuando termines… Tenemos que hablar. Quiero ir al oeste –confirmó, dejándola ir. 


Tras cenar, salió al exterior. El cielo se cubría de unas oscuras nubes que amenazaban con una intensa tormenta. El viento movía con agresividad la capucha con la que se cubría cuerpo y rostro. Respiro hondo, se refugió en su tela de abrigo y caminó hasta el establo para asegurarse de que su animal estaba bien. Luego, volvió a entrar en la posada para subir a su cuarto donde aguardó la llegada de la Derbra quien no dejaba de escuchar su nombre mil veces repetido en sus adentros. Era la prueba determinante de que debía servir al joven Hergo. 

- … Hay que atravesar el bosque. Sabes que hay que hacerlo de noche. Sus leyendas de seres salvajes y sangrientos nos ampararán. Saldremos antes del atardecer para que poco antes de que amanezca nos hallemos a la entrada del valle. De ahí, en media jornada, estaremos en la ciudad donde el viento no sopla. Haremos el ritual. Te llamaré por tu nombre y te haré las tres preguntas. Me nombrarás tres veces y, entonces, uno de los dos no regresará jamas.

Saber que el destino estaba en manos de una Derbra era parte de sus raíces también.  Y confiar su salvación a la interpretación que la Guiadora pudiera hacer de los Ancestros no era esperanza.
Cuando el cielo empezó a arrebolarse se prepararon para el ritual junto al Río de la Lluvia. Él se rasuró la barba, se bañó en el río, y ella le pintó el cuerpo con pintura tribal mientras cantaba entre susurros. Luego, lo hizo él en ella en tanto pensaba el nombre de la Derbra.

Frente a frente, desnudos ante los últimos rayos de sol de ese día, ante la memoria de los que ya no estaban, la Derbra empezó a preguntar como penúltimo paso del ritual.

- ¿Por qué vienes a morir?
- Por deshonor.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Dregon, hijo de Rus, de los Hijos de Hergo.
- ¿Cuál es mi nombre de destino?
- Allkore -pronunció con rotundidad.
- Debo hablar con los Ancestros, Dregon,  y saber la realidad de tu deshonor. Luego obraré en consecuencia con la potestad de los que  todo lo ven y todo lo saben.

Allkore, la Derbra, se alejó unos pasos. Se orientó hacia el oeste del oeste. Levantó su rostro a la Gran Madre del Cielo, extendió su brazos a media altura y entonó los cánticos que sonaban a plegaria. De fondo, el sonido de la voz masculina pronunciando su nombre tres veces. 
Dregon aguardó tumbado en el suelo, boca abajo, con la frente anclada en el suelo, donde también se clavaba su mirada, para orar las palabras sagradas de los Hijos de Hergo.

Debía permanecer así hasta que la Derbra le indicara lo contrario.

- Los Ancestros que todo lo ven y todo lo saben, me han hablado, Dregon. Ponte en pie para escuchar lo que debo decirte. -Hizo una pausa y quedó nuevamente cara al Hergo-. Debes entregarme tu daga, la que usaste para intentar acabar con tu vida, y ofrecerme tu mano derecha... ¿Es esa la daga?
- Sí.

Allkore tomó la daga y sujetó fuerte la mano masculina. Realizó siete cortes equidistantes a lo largo del brazo, desde el hombro hasta la muñeca, de modo que la sangre de las incisiones confluyera en la palma de la mano. Con ella, la Derbra realizó una serie de dibujos en el rostro del hombre. La restante, junto al arma, él debía enterrarla.

Al darse la vuelta, la mujer estaba yaciente en el suelo. Él sabía que en muy contadas ocasiones, según la tradición hablada de las Trece Tribus, las Derbras ponían su vida y sus poderes en manos del destino y salvar así la del Guiado. Solo si el Liberado lograba darle su aliento antes de que ella perdiera el último suspiro, ambos podrían regresar vivos.


  

- ¿Por qué estabas dispuesta a dar tu vida a cambio de la mía?
- Porque, aunque intentaste reunirte con los que no están y sabes que está prohibido morir en propia sangre, no eres culpable de deshonor pues jamás abandonaste a tus hermanos en batalla. Y al salvar mi vida, restauras el honor que tú mismo mancillaste al intentar acabar con la tuya.




Tema 5-52: Usar la frase: "En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos" para hacer una composición creativa.