Al atardecer, mientras el sonido de las hojas al caer recordaba al crepitar del fuego, Elisae, con su té rojo y esencia de azahar, se sentaba en el cenador del jardín. Se dejaba rodear de la dicha de sentirse más libre que nunca. Solo los pájaros y el baile de esas hojas al antojo de una suave brisa que, coqueta, gustaba de jugar sobre el lago que se extendía ante sus ojos, podían permitirse el lujo de enriquecerle esa sensación.
A ello se había sumado en los últimos días un sonido nuevo. Ocurría a media mañana y al venir de la tarde hasta que casi anochecía. Era algo delicado, indescriptible y único que le elevaba el espíritu, transportádola en ensoñaciones a lugares que solo en su imaginación podía vivir. Aguardaba esa música como un abrazo para el alma.
El violinista hacia sonar su viejo Stradivarius. Tras el accidente, sus dedos ya no eran tan ágiles pero las notas seguían fluyendo como gotas de rocío en una mañana fresca. La casa tampoco era la misma. En sus paredes aún retumbaban, como en sus recuerdos, su infancia y los primeros amores por la música.
Había pensado comprar unas dalias y acercarse hasta la casa vecina, presentar sus respetos y disfrutar de un rato de charla. Había elegido la soledad y quería sentirse abrigado por ella y esa nueva sensación. Sin embargo, ver a Elisae cada mañana en el café del pueblo le hacía sentir bien e incluso, despierto, tener sueños. Sin saberlo, ella se había convertido en inspiración para una bella melodía que el viento le hacía llegar.
Sus pasos no se cruzaron por el vejo camino del lago. Aquella mezcla entre el olor de la naturaleza y el aroma de la repostería casera recién hecha le hizo sonreír: «Tal vez estaría bien comprar esas flores».
En el café, sus ojos —o su corazón— buscaron a Elisae. Se sentó a la mesa de costumbre. Una nota con su nombre asomaba bajo el pequeño jarrón con flores que la adornaba. Se lamentó por un momento mientras leía el nombre de la mujer al pie de las letras: Un fuerte latido golpeó su pecho, y sus manos, serenas siempre, se rindieron a un leve hormigueo. Le había invitado a desayunar y tomar un té al final del día. Dos frases pero toda una invitación a un universo de ilusión...
Y sonrió, mirando al infinito a través de la cristalera, esperando la llegada del atardecer.
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Sus pasos no se cruzaron por el vejo camino del lago. Aquella mezcla entre el olor de la naturaleza y el aroma de la repostería casera recién hecha le hizo sonreír: «Tal vez estaría bien comprar esas flores».
En el café, sus ojos —o su corazón— buscaron a Elisae. Se sentó a la mesa de costumbre. Una nota con su nombre asomaba bajo el pequeño jarrón con flores que la adornaba. Se lamentó por un momento mientras leía el nombre de la mujer al pie de las letras: Un fuerte latido golpeó su pecho, y sus manos, serenas siempre, se rindieron a un leve hormigueo. Le había invitado a desayunar y tomar un té al final del día. Dos frases pero toda una invitación a un universo de ilusión...
Y sonrió, mirando al infinito a través de la cristalera, esperando la llegada del atardecer.
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De los elementos propuestos, elegí el atardecer de otoño, su baile de hojas acompasadas al sonido de un violín llegado desde una vieja casa.

