Se percibía su agitación no en el cruce de sus dedos de manera que los nudillos se quedaban blancos, no en el movimiento involuntario de su pierna contenida desde el extremo del pie, su expectación estaba latiente en el blanco de sus ojos y en la dilatación de sus pupilas que, como las de un gato en medio de la incertidumbre de ser cazador o cazado, caminaba sobre la cornisa como si fuera una cuerda floja.
Al otro lado de las llamas, que brincaban como sarmientos secos, la mujer se desprendía de sus velos, recogía su pelo en un pañuelo rojo y se giraba con una sonrisa que le provocó un escalofrío. Así reaccionó su cuerpo de nuevo cuando la vestal se apoyó en la mesa y coqueteó con su escote ante la mirada perdida del hombre antes de rodearle de modo tan seductor que, cuando la mano femenina le rozó el cuello de aquella manera tan sutil, él no pudo evitar emitir un gemido gutural.
El perfume a ámbar lo embriagó por completo y sabía que había perdido la partida antes de empezarla, que su destino estaba trazado cuando ella tiró los dados y al chocar estos entre sí, mostraron un doble seis. ¿Qué probabilidades tenía de que obtuviera ese resultado? Una entre treinta y seis. Ni una más ni una menos. Tal vez por ser el menos posible, se la jugó… y perdió… el sentido en brazos de aquella hembra que lo cabalgó como a un dócil corcel, amarrado de los cuatro extremos, crucificado en deseo y en lujuria, a la voluntad de la que él llamaba
"imposible". Porque como ella le dijo: "Si vas a jugar debes estar dispuesto a perder pero, también a saber ganar."
Este texto pertenece a la convocatoria de los jueves que ha promovido Vivian,"Casss"
donde podéis ver otros acerca de “lo que dicen los números”.