Mis letras, mis palabras, mis frases, mis sentimientos

Todo cuanto plasmo, aún sin dejar de ser de mí, de mi marca, te pertenecen en pensamiento desde este instante en que tú me lees

© ɱağ

Azul deMağdalia Mağade Qamar

Desde 2014

Y cierro los ojos para abrir mi ánima

14 de noviembre de 2018

Alma en las migas...

Era su primer empleo y estaba contento. No solo llevaría un poco de dinero a casa, aprendería una profesión y se iba a sentir un poco más útil. Sobre la mesa de la cocina siempre habría una hogaza de pan recién hecha. Se levantaba de noche y cuando regresaba apenas podía dormir. Al principio le costó adaptarse a aquel horario, aquellas temperaturas y a evitar comerse todos los pasteles que salían del horno de leña. Aprendió los secretos de un buen pan y con el tiempo, pasó de aprendiz a algo más y con magdalenas recién hechas conquisto a Adelita. Se sentía el chico más feliz del mundo hasta que ella le dejó y creyó ser el más desdichado, aunque le quedaba el amor por el pan. 

Alguien le ofreció progresar. Dejó el horno de pan por una oficina, su ropa siempre llena de harina por un traje de segunda mano, una corbata prestada y la camisa de los domingos como para todos los días. Se olvidó de Adelita y apareció Carmen: una salida los domingos después de misa con la carabina a un lado, un café con leche con churros a media tarde… hasta el primer beso en la verbena del barrio. 

De chico de los recados y de sus idas y venidas a la oficina de correos hasta que un día salvó una venta, y, de ahí, un despacho propio: traje de marca, camisa planchada cada día y corbatas caras… dinero en el bolsillo y cambio de nivel de vida, en progresión, hacia arriba: Una vida desahogada. Pero ahí quedaba aún el sofocante calor del obrador, el olor a pan recién hecho, a magdalenas, a pastel de manzana y a aquellas galletas de ingrediente secreto, el que doña Margarita había guardado de su madre, de su abuela, de su tatarabuela... 
Y una mañana, como si todo hubiera sido un sueño, volvió a cambiar el traje caro por un pijama blanco y un gorro a lo legionario, su despacho en la Gran Vía por un localito mono en un pueblo de montaña, donde habían nacido sus padres y que ahora empezaba a resurgir. Su visión de negocio, su olfato, no le falló. Con agua, harina y algo de paciencia y tiempo, creó su propia masa madre: su esencia, el alma de su pan. Porque lo suyo no es trabajo, es delirio, es obsesión. Es vocación.




Este texto pertenece a la convocatoria de Pepe, El trabajo, una maldición bíblica,
desde su blog Desgranando Momentos donde podéis leer otros textos.

11 de noviembre de 2018

Cierre de convocatoria

Y mirando al cielo... 
descubrí el esplendor de las almas plasmadas en mil palabras.


Así puedo resumir este encuentro de amigos, ese sentir de pensamientos, de evocaciones...
Os agradezco infinitamente vuestra participación, el cariño y el tiempo expuesto en vuestros trabajos, la colaboración para dar apoyo a cada compañero y la apostura de vuestros textos.

Unos hemos mirado el cielo con cierta nostalgia y mucho amor, acariciando las ausencias; otros, hablando de misterios y de terrores, fantasías y ciencia-ficción; otros mostrábamos la sencillez de un gesto pero, al final, todos hemos plasmado algo de nosotros.

Cierro mi convocatoria, no sin antes volver a daros las gracias por acompañarme en esta aventura y nos vemos en la aventura que programe Pepe, desde su blog "Desgranando Momentos"




8 de noviembre de 2018

Mirando al cielo...

Descubrí la libertad de una simple hoja de papel mecida a favor del viento, brincando en remolinos que eran como espirales llenas de algarabía. O, tal vez, solo una huida. Y sentí cierto ensimismamiento. Observé su ascenso, su mansedumbre en la planicie invisible y, de repente, la lucha con las gotas de lluvia que eran como perdigones a su alma. Al final, su caída en picado hasta las puntas de mis zapatos. Me hice tempestad calma con ella.

Era un ave herida, llorando su tinta y perdiendo su esencia. La tomé en mi mano como quien coge algo endeble. Sentí un palpito en mi ser. Las líneas se perdían entre curvas manuscritas, senderos de geometría asimétrica, juegos de palabras atenuadas en mis manos, enraizadas en cuatro pliegues que se hacían nido, resultándome tan difícil abrir sus puertas como descifrar su corazón. 

Medio amparada bajo mi paraguas, miré a ambos lados. Volví a elevar mi mirada al cielo donde los relámpagos eran látigos que parecían castigarlo. Me sobresalté cuando Juan me abrazó por detrás al tiempo que se resguardaba de la fuerte lluvia. El pájaro volvió a perder su equilibrio, cayendo desde mi mano hasta desaparecer bajo las pisadas de Juan. Perdió su destino o, quizá, ese fuera: morir, dejando que sus últimas palabras se desvanecieran en un aguacero.

Imagen relacionada

Nuestros pasos se adelantaron. Los besos de Juan vestían las gotas de agua que rodaban tímidas por mi rostro mientras... sus palabras se quedaban huecas en el fondo de mi pensamiento, inundado por las letras desconocidas de una simple hoja de papel que había caído desde el cielo y ahora dormía en un charco, como un simple barquito, a la deriva en un mar de burbujas.

Resultado de imagen de charco lluvia


Este texto forma parte de la dinámica que he coordinado esta semana bajo el título "Mirando al cielo". 
Picando en la imagen superior iréis directamente al enunciado 
y al listado de los blogs que participan en la convocatoria.