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LaTrastienda del

Pecado

Aquí, donde cierro mis ojos para abrir mi alma…

Infinitas palabras… Infinitos sentimientos.

Mías son las letras, mías las palabras, mías las frases, míos los sentimientos que plasmo, salvo apunte en contrario.

Mag©

2014-2016

25 de agosto de 2016

La llave...

Mi intención hubiera sido llegar a la aldea antes de caer la noche pero aquel traspiés me había retrasado. Andaba torpe con un pie hinchado, y la fina y continua lluvia tampoco ayudaba. Hasta la luna había huido. La noche no podía haber sido más oscura.
Además, tenía la sensación de no caminar sola. Presentía como si varias sombras me estuvieran siguiendo a corta distancia. Podía percibir el crujir de sus pasos a mi espalda.

La lluvia me calaba hasta los huesos. La ropa me pesaba dos quintales y apenas había comido unas pocas bayas que había recogido por el camino. Me hubiera venido bien el tazón de caldo que me había ofrecido aquel viejete del camino y que tan mala espina me había dado a pesar de su detalle en regalarme aquel amuleto: "Te puede venir bien..."
En mi alforja solo quedaba pan, un puñado de nueces y un trozo de tocino.

El dolor en el pie era tan agudo que mis lágrimas luchaban por no aflorar. No podía encender un fuego para poder hervir unas hierbas y hacerme una cataplasma caliente que rebajara la hinchazón. Estaba todo demasiado húmedo y unas teas no me daban para ello. Tampoco tenía luz suficiente para poder ver si tenía alguna raíz o baya alrededor que pudiera prepararme. Solo me quedaba el mar que rugía un poco más allá. Si tenía fuerza tal vez pudiera llegar hasta la orilla y poner a remojo mis pies. El frío y la sal rebajarían la hinchazón y calmarían el dolor.


Me sentía como si la noche oscura inundara mi alma mas debía mantenerme con fe y paciencia para así alcanzar el mar. Cuando lo alcancé las lágrimas se derramaron sobre mi rostro al tiempo que me sobrevino un terrible  estremecimiento. Aquel sonido de pisadas siguiéndome se había convertido en unos suaves gruñidos a mi espalda. Al girarme con cuidado, un lobo agrisado estaba a menos de cincuenta pasos de mí. Sus ojos brillaban como dos luceros en medio de aquella crepuscular alba.

A partir de ese momento no recuerdo nada.
Me desperté completamente envuelta en sudor, entelerida de frío. El viento movía los visillos violetas. El mar seguía rugiendo al fondo. Vlad estaba a mi lado, con la barbilla apoyada en el colchón. Sus ojos azules estaban clavados en mí. Me sobresalté. Estaba totalmente confundida.

- ¿Ya te has despertado? ¿Cómo te encuentras? 
- No sé... -dije mientras él terminaba de sentarse en la cama-. ¿Ha llovido esta noche?
- No. Ha sido una noche serena. Estuve trabajando toda la noche... No me di cuenta de que te habías ido hasta que vino Vlad a avisarme. Te encontré en la playa, empapada y herida… ¿Que hacías ahí?
- Necesito que me abraces...
- Ven aquí... -dijo abriendo sus brazos. Me encastré en su pecho-. Casi me muero cuando te he visto inconsciente en la playa... ¡Qué miedo!- Me susurró mientras, a su espalda, abría mi mano y veía en ella aquella llave de madera y semillas.

Era muestra sine qua non de que algo extraño me había pasado... Pero, ¿qué?





Demi, desde su casa de Hurlingham, nos invita a diferentes aventuras. 
Esta es la mía… Puedes ver más llamando a su puerta.

22 de agosto de 2016

Nada...


Entre lo absoluto y lo abstracto: La nada.
Ese oscuro destino de vacíos o de plenitudes imposibles.
Esa nada llena de matices:
Agua que discurre entre las manos aceitadas
mientras la arena se pega y escarba las huellas.

Nada, cuando lo que tienes no basta.
Clamas al cielo rodilla al suelo.
Elevas las suplicas y devoras las lágrimas.
Nada...
Nada es el sedimento de las rocas que acaricia el viento,
ese sentido mudo que cierra los puños
y clava espadas de media luna:
Cuarto menguante en tu izquierda.
Cuarto creciente en tu derecha.
Novilunio en tu corazón.
Plenilunio en el alma...
llena de Nadas...
Lágrimas de sal que enraízan en la boca.
Suspiros que requiebran los tiempos bajo el cauce de tu mirada.



Esta semana, Nada
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18 de agosto de 2016

Δαμιανός, el dios mortal...


Había oído hablar de estas competiciones desde niño y no había dejado  de prepararme para ello. Llegué a la sagrada Olimpia al caer la tarde.

Había subido las colinas de  mi pueblo… Y bajado. De día y de noche, con calor y con frío, a pleno sol o con estrepitosa lluvia. Me consideraba sobradamente preparado para ello. No podía estar más convencido de mis posibilidades pero no debía obviar a mis contrincantes.
Yo no había tenido la suerte de ser uno de esos niños  que entraban en la Palestra. Mis músculos se habían forjado a base de tirar y recoger redes en el mar, de tirar piedras pesadas y superar mis propios límites de distancia.  Mis carreras competían con mi propia fuerza de voluntad tras los caballos salvajes, y los pesos que me colgaba a la espalda… Mis entrenamientos de lucha, atrapar los cerdos en la cochiquera y buscar peleas con los que eran más grandes que yo. 
Mi ortodoxia consistía en escuchar los consejos de los mayores que sabían de ello. Apenas había podido ir a Elis el tiempo necesario. Era requisito esencial para poder participar en los Juegos. Luego, el Juramento.

Olimpia era una fiesta. Gentes de todo nivel y de toda Grecia se reunía en aquellos días: Filósofos, músicos, charlatanes, gente de mala vida con objetivo de sacar beneficio, proxenetas…
Al amanecer comprobé que tenía el sello que me habían dado en la selección de atletas. Cualquier infracción sería castigada con azotes. Ya había recibido alguno.

Esperé mi momento haciendo unos ejercicios para calentar mis músculos. Pensé en lo que me había costado llegar ahí, todos los sueños e ilusiones puestas, los esfuerzos realizados, la soledad de tanto tiempo para al final  obtener la recompensa de mi propio esfuerzo.

El toque del helanódica se hizo oír entre la multitud. Mi cuerpo desnudo se aceleró. Mi corazón latía fuerte, al ritmo del golpe de mis pies en la tierra. Mis parecían dos ruedas en movimiento. Mi aliento se contraía y expandía… El sudor no era abundante.  Controlaba a mis contrincantes. Algunos no me preocupaban. No me iban a hacer sombra. Solo uno podía poner en peligro todo mi arrojo. Y esa era mi motivación. Yo debía ser el primero entre los primeros.
Levanté mis brazos a los cielos. Luego caí en oración.


Estrategia, Δαμιανός. Cabeza y pundonor para saber perder… pero, sobre todo, para saber ganar.” 



Gus, desde su blog “Juliano, el Apóstata"
nos invita a participar en nuestra propia Olimpiada.

En espera...

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Corazón de los deseos...

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Nos sentaremos a disfrutar de un rato de charla y un buen té con menta.

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Premio EL Tacto del Pecado. De mí para ell@s.

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