Aquello quejidos me partieron el alma. Caminé con ella en brazos hasta la cueva. Su aliento chocaba contra el mío.
- Shhh… No hables -le dije.
- Hablas cinco idiomas y nunca quieres hablar.
Aquello me hizo sonreír. Respiré hondo y miré esa parte suya que me enloquecía, de la que me había enamorado y que había hecho mía. ¿Cómo había llamado Madox a esa vaguada, ese valle que nace al fondo del cuello? ¡Escotadura supra esternal!
Esto es mío: Pediré al rey que esta maravilla se llame el Bósforo de Almasy, le había dicho en aquella ocasión.
Me fijé que todavía llevaba el dedal. Aquel que compramos juntos en el mercado, cuando todo parecía perfecto, cuando dimos rienda suelta a nuestro amor y a nuestras pasiones. Idiota, me llamo, confesándome que siempre me había querido, que seguía amándome. No pude evitarlo. Me llené de emoción, de rabia, de impotencia… Un cúmulo de sensaciones que confluían en esa cobardía que había hecho no saber enfrentarme a mis sentimientos y a la realidad que subyacía bajo la apariencia de un matrimonio bien avenido.
Mi hermética personalidad…
La atraje hacia mí y lloré desconsoladamente pegando mi mejilla contra la suya, mientras mis pasos parecían flaquear y a ella el aliento.
Katherin estaba mal herida. Le arropé un poco más. Encendí un fuego. La curé como pude. Inmovilicé su tobillo y su muñeca…, y no tuve más remedio que salir de ahí en busca de ayuda. Si no lo hacía, los dos moriríamos. Si lograba llegar a la ciudad más cercana, al menos cabría la esperanza. Pero eran tres o cuatro días andando, además, de que podría encontrarme con alguna tropa militar. Le dejé agua y comida suficiente, una linterna, un lápiz y uno de mis cuadernos.
Le prometí que volvería a por ella y que jamás la abandonaría. No volvería a ser como antes. Además, muerto Clifton… Egoístamente… el cielo quedaba abierto para ambos.
No sé cuántas horas llevaba andando. El sol era un castigo pero no podía pararme. La tormenta de arena fue lo que no esperaba. Tuve que detenerme, refugiarme en mi mismo y aguantar como pudiera con las poca fuerzas que me quedaban.
Recuerdo el sabor a arena y como esta se convertía en millones de látigos que azotaban mi piel, hiriéndola aun por encima de mi ropa.
No logro recordar más.
Cuando desperté habían pasado cuatro jornadas, con sus días y sus noches. Me hallaba en un sitio desconocido, tumbado sobre un camastro limpio. Yo estaba aseado; incluso, afeitado. Vestía una especie de túnica larga que me llegaba hasta los tobillos y tapaba mis brazos hasta las muñecas. Tenía las manos vendadas y sentía paz en todo mi cuerpo. Recuerdo que escuché voces de mujeres. Hablaban todas a la vez y me costaba comprender. Desconocimiento y aturdimiento.
Cuando pude aclarar mi vista, que no mi mente, no podía creer lo que estaba viendo. Ante mí, como un ángel llegado del cielo, estaba Katherine. Quise sonreír pero me dolía la cara. La notaba como si tuviera un cartón pegado.
- Shhhh… Estás a salvo, mi amor.
- ¡Khat!
- Estoy bien, condesito –Y su sonrisa me pareció un milagro.- No hables. Eres muy mal paciente...
Me dio un poco de agua y respiré profundamente. Pacientemente, Katherine se encargó de ello.
Una pequeña caravana de lugareños se alejaba de la ciudad y de la zona de conflicto. Los británicos controlaban el área y era un ir y venir de tropas.
El destino, la suerte, el azar, Dios o Allâh, les había cruzado en mi camino. Justo antes de la tormenta de arena me habían avistado. Antes de vomitar la arena y perder el conocimiento había sido capaz de explicar el porqué de hallarme allí. Sin dudar, aun a riesgo de poder tratarse de una alucinación, fueron en su busca. La habían cuidado como una más de su gente. Y a mí…Y a nuestro recomenzar.
Tema 8-52: Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente la historia.