Objetos cotidianos
Monedas, un par de ellas de esas que deberían estar en un museo, una pluma cuya punta rae el papel, un peine de nácar de color grisáceo al que le faltan algunos dientes, un reloj de hora atrasada que podría ser la última, un juego de tres llaves de forja maciza, diferentes en su dentada, sujeto a una cuerda de esparto con varios nudos, un par de carretes de hilo, blanco y negro, el blanco casi negro y el negro casi blanco. Y todo metido en una descolorida caja de puros Condal número 5 que todavía conserva uno de sus sellos verdes. El paso del tiempo y de la vida parecen traer a mis manos recuerdos que nunca he tenido.
Levanto la vista sobre el horizonte, y llevo mi mirada hacia el finito mar, ahí donde se besa con el cielo que, profuso y arrebolado, se vence sobre su propio reflejo. Ondeo mis pensamientos de forma queda... pero desordenada, mientras un atisbo de lágrima parpadea en mi ojo izquierdo. Dicen que las lágrimas que brotan por el izquierdo ojo son de tristeza. Tal vez la pena me embriague o sea otra sensación que se le parece.
Quizá solo sean reminiscencias del alma que se visten de eco.
Quizá solo sean reminiscencias del alma que se visten de eco.
El destino se traza sobre mi vida dejando un halo de imágenes talladas sin memoria. El pasado late en alguna parte que desconozco. Un nombre, un apellido... Que no son mi nombre ni mi apellido. En cambio es algo mío, es algo que los huesos saben, que la sangre llama y el brillo involuntario de mis pupilar revela.
Esta es mi aportación a la convocatoria de Alfredo para este jueves.
En su blog "La Plaza del Diamante" podéis ver otras historias.


