En el telar de mi ser, entrelazo las letras que brotan de mi alma, tejidos de sentimientos y emociones que danzan sobre este lienzo negro que mi pluma transfigura. Anhelo que cada palabra, cada trazo, trascienda y se convierta en eco en tu ser para fundirte en el velo mágico de mi memoria. Que mis versos sean puentes que nos unan en un abrazo sólido, y que mi tinta sea un testigo del vínculo que florezca entre tú y yo. En cada línea trazada, en cada verso susurrado, te escribo con el alma para que en el tapiz de nuestras historias encuentres el eco vibrante de mi ser y la esencia de este nuestro encuentro. Que mis letras sean hilos de un lazo indisoluble entre tú y yo, donde el tiempo se detenga y la eternidad se haga presente. En cada palabra entrelazada, en cada estrofa compartida, tejamos juntos la trama de un sentimiento duradero, donde nuestras almas se encuentren en todos los rincones de esta bella historia.

31 de julio de 2015

Me da igual...

Me dan igual tus noches y mis lunas.
Me dan igual tus soles y mis días.
Y es que me da igual porque cuando te pienso, te siento, te tengo… me es fácil desnudarte desde lo  más profundo de tu alma hasta el más pequeño  poro de tu piel, surcando cual navío sin extraviado todos tus mares mecidos con todos tus vientos….
Y dibujarte esos arabescos que te erizan…
Y escribir todas las caricias deshechas en deseo e intenciones.
Y te elijo, porque no hay otra opción. Es sí o sí…
En mí no cabe el no.
En ti, no cabe el no.
En nosotros no existe el no.
No es tiempo de relojes porque, aunque el tiempo es denso, las saetas no marcan ni minutos ni segundos cuando de amar(te)nos se trata; y las telarañas se convierten en donaires que se entretejen entre los fondos y el corazón; entre el alma y el cuerpo.
Es tiempo de tictacs… El de nuestros pulsos. Tiempo de nuestros tiempos.

Da igual luz o a oscuras. Cierro mis ojos y ocupo mis manos en que repitan y te insistan para llegar a comerte la sonrisa mientras se te destraba el deseo, mientras me tomas como manzana fresca y me degustas al tiempo. Y, solo entonces, reitero que no quiero un rato, que los quiero todos para tenerte, para tenernos…

Y te respiro. Y te huelo… Y te curioseo. Y me humedezco de eso que denominamos “ganas de comernos”, “ganas de sabernos”, “ganas de vivirnos, de sentirnos”, “ganas de sernos”… Y te susurro, hálito de deseo y ternura en viento caliente, un “te quiero”, un “detén el tiempo…”.
Y me comprendes. Y me entiendes… Hundes tu lengua en mi boca, catándonos, saboreándonos, degustándonos… Somos esas dos serpientes que se hacen el amor…

Y me prensas entre tus brazos, tarareando mi espalda. Me dejas enroscarme en ti… como hiedra a la roca…
Y nos colamos mutuamente en el ser del otro, sin dejar de ser NOS, para armarnos en vivir, en soñar…, como ese manojo de estrellas que coges en tu puño para estallarlo en mi pecho.
Y es un TE QUIERO con todas las letras mayúsculas.

29 de julio de 2015

Las edades de mi alma...

Mi alma tiene el color añil oscuro 
y de la tierra húmeda de las tierras altas del norte más norte, 
de grandes acantilados que siguen muriendo verticales a la mar 
y de las extensas praderas verdes 
donde crece la hierba salvaje; 
a las nubes grises que anuncian lluvia continua, 
al viento gélido que trae espuma de cristales de ese mar agreste y rudo.


Mi alma tiene el color del sauco seco,
 de la ruda que ahuyenta a los malos espíritus; 
del tremoncillo y de la manzanilla; del romero y la albahaca; 
de los ungüentos secretos, 
heredados y adquiridos de generación en generación, 
de los remedios de la Madre Tierra; 
de las oraciones y rituales de los antepasados 
y de los sacrementos atávicos.


Mi alma tiene el color de la luna en una noche oscura, 
de la vigila de las estrellas en un ocaso de verano; 
del canto de los pájaros en primavera o de las hojas caídas en otoño
 que han acompañado la ignorancia de las gentes, 
de sus temores y miedos, de sus desatinos y sentencias adversas. 
De ellas, mi alma guarda el color del fondo del río, 
del agua álgida y turbia de un día de invierno 
cuando mis pies y mis manos fueron amarrados por cuerdas, 
y a mi cuerpo le arrebataron la vida para hacer grande mi espíritu.



Mi alma tiene los colores del desierto, 
de las rocas abrasadas por el sol, salvajes y solitarios; 
del polvo del camino que pisaron mis pies, 
y de las sierpes que los reptan;
del viento que azotaba mi piel y del velo que cubría mis cabellos.
 Mi alma mora tiene el color de las palabras bendecidas, 
de las miradas de un Dios o dos, de las lágrimas de sangre, 
de las oraciones mirando hacia el este…



Mi alma tiene el color de los bosques de pinos, de los caminos,
 ríos y montañas, ibones y nieve; 
del galope de caballos con señores medievales; 
de doncellas y mercados…, 
de piedras que han visto el golpe de los siglos 
y el martirio de los hombres y mujeres…



Mi alma tiene el color de sus ojos,
de la profundidad de su mirada;
del color de su piel, 
del sabor de sus besos, 
de la calma de su voz,
de la lujuria de sus deseos… 
Mi alma tiene el color de su alma.


Porque esas son mis vidas, mis existencias, mi esencia... 
Esa es mi alma.  
Y la suya.




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Este texto pertenece al “Relato de los Jueves”, convocado, en esta ocasión, por Maribel Lirio en su blog  Soliluna  al que invito a conocer.

27 de julio de 2015

Tu lengua...

Tu lengua...
Tu sabia lengua que inventa mi piel.
Tu lengua de fuego que me incendia.
Tu lengua que crea el instante de demencia,
el delirio del cuerpo enamorado-
Tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce,
invocación de los incendios que me saca de mí…, que me transforma…
Tu lengua de carne sin pudores,
Tu lengua de entrega que me demanda todo.
Tú, muy mi mía lengua.
Tu lengua que me explora y me descubre,
que también sabe decir que me ama.
Dario Jaramillo