En el telar de mi ser, entrelazo las letras que brotan de mi alma,
tejidos de emociones que danzan sobre este lienzo negro que, ante tus ojos, se ilumina.

Aquí confluyen los latidos y los desvelos de otras horas ajenas al dogma,
donde cada palabra es un puente y un testigo de este vínculo,
donde deseo que el tiempo se detenga y la eternidad se haga presente.

29 de septiembre de 2026

Silente...

A través de sus velos, la silueta de su sombra se perfila cauta y triste. 
Su rostro se desdibuja como un secreto y las lágrimas, tibias un día, titilan grises y frías. 
Su corazón, endurecido más allá del dolor, lamenta los silencios que agrietaron su alma. Ahora, perdida en una calígene que enturbia el más lúcido de sus pensamientos, vaga ausente de su destino como alma silente abandonando el purgatorio.

Y en esa marcha sin rumbo ni memoria, descuelga sus manos sobre la ceniza, como quien busca el perfil de una estatua que el viento fue desmoronando a solas. Se ciegan las grietas donde habitó la luz, ya no hay piedra que conserve su nombre. Un resto del silencio se aferra a la tela mientras la noche extiende sus dominios.

No hay oración que la devuelva al día, ni voz que rompa el peso del lienzo; solo el eco de un paso en la penumbra y el frío de saberse eternamente sombra. Marchar así, ligera de culpa y de cuerpo, ser la bruma misma que habita los bordes y ver cómo la tarde se derrumba en la piedra, sin que nadie reclame el último vestigio.

Arte de Altar of Sorrow


15 de septiembre de 2026

Herida que se hace agua


Paisaje de labios  / Patrik Molntuss

Vengo con el silencio en mis labios,
la humedad de un verso en lengua ardida;
susurra el Pecado en mi carne, rendido,
y en mis pies se derraman viejos agravios.

Gaviotas sin cielo, sin mar ni navíos,
solas sobre mi piel, tibia y desierta;
abren senderos de memoria incierta
en hondas grietas de dormidos fríos.

Y, a cambio, toda me vuelvo agua viva,
cuerpo que en ausencia de tu boca reza,
sello de un deseo que en mí cautiva.

Soy diluvio de raíz que en mí empieza,
mi boca en tu ausencia se vuelve herida:
herida que en su hambre se profesa.



Este soneto —extraño incluso para mí—
forma parte de la antología Ecos de Soneto II
(Diversidad Literaria, junio 2026).



4 de enero de 2026

El Último Compás…

Hacía más de un año que no acudía al castillo de Monsieur Dulce. No quería hacerlo a lo grande, más bien del mismo modo en el que me había ido. 
No en un silencio sepulcral, pero sí en una ausencia tañida de cierta nostalgia. 

Mis pasos sonaban huecos y mi vestido arrastraba sobre la brillante madera del suelo. El corazón me latía con fuerza y una especie de espiral blandía en mi estómago. 

Había pasado el tiempo suficiente para que, tal vez, se hubiera olvidado de mí, pero el momento del baile también podía ser una buena ocasión para algo más que bailar. 
No sería pasión, sería redescubrimiento. 
Sería latido… sin pulsión. 
Un encuentro de miradas y, sí, también, de sensaciones que no necesitan nombre para existir. 

Crucé el umbral y el salón me envolvió con su aire cálido y la música que todavía parecía retener el eco de los pasos anteriores. Allí estaba él, girando suavemente con otra. Ella levantó la vista y me encontró, pero él no; su atención estaba dirigida a otro lugar, a otro compás que no era el mío.

Por un instante me quedé quieta, dejando que la escena me alcanzara en su totalidad: los movimientos medidos, la risa contenida de la otra, la indiferencia involuntaria de él; su mirada estaba fija en otro compás, en un instante que no me incluía. No sentí sorpresa ni celos, solo un reconocimiento de lo que había sido y aún era: un espacio que yo conocía, ahora habitado por otra presencia.

Respiré hondo y me permití avanzar un paso, apenas uno, calculando la distancia que me separaba de lo que deseaba tocar sin tocar. Cada giro de ellos parecía dibujar líneas invisibles entre nosotros, tensas y precisas, recordándome que aún podía decidir cómo entrar en aquel baile, aunque todavía no fuera el mío.



La música flotaba espesa, con un grave sostenido, cuerdas bajas, casi un susurro que obligaba a acercarse para escucharlo. Un vals lento, oscuro, de esos que no invitan a girar, sino a deslizarse, como si el aire mismo se moviese al compás. 
La máscara ocultaba lo evidente y revelaba lo esencial.

—Pensé que no volverías —dijo, sin mirarme aún, apenas un soplo que se perdió entre los acordes. 

No respondí. No hacía falta. 
Su mano encontró mi espalda con una delicadeza aprendida, no conquistada. 
No buscó, no apretó. Esperó. 
Solo entonces me permití acercarme un poco más, lo justo para que el espacio entre ambos dejara de ser seguro; ese espacio mínimo donde el cuerpo recuerda antes que la memoria… La tela, el calor, la respiración ajena marcándome el ritmo. 


Bailamos. 
Lento. Medido. 
El cuerpo entendiendo antes que la cabeza. 

Un roce de dedos al girar, más tiempo de lo necesario. La presión suave de su palma guiando el paso, mi respiración acompasándose a la suya. Nada desbordado. Todo contenido. Una pregunta que no debía formularse en voz alta. Yo no retiré la mano. Tampoco la apreté. 

Y en ese vaivén lento comprendí que algunas ausencias no son huida, sino promesa aplazada. Que volver no siempre significa quedarse, pero sí atreverse a sentir de nuevo. 
No es olvido, sino reserva. 
Que hay deseos que no buscan consumirse, sino permanecer tensos, vivos, exactos. 

Cuando la música murió, el silencio quedó suspendido entre nosotros. El abrazo se deshizo despacio, con una última cercanía que rozó la promesa. 
Él dio un paso atrás. Solo uno. El suficiente. 
Otras manos lo reclamaron, otras máscaras, otras presencias que no podían esperar. 
Antes de girarse, alzó la mirada.
No fue despedida. Fue sostén. 
Un hilo tenso entre dos cuerpos que ya no se tocaban. 

Nada había cambiado… 
y, aun así, aquella mirada quedó suspendida, latiendo sola, mientras la música volvía a reclamarlo.

Solo un baile: el baile de máscaras.





Imágenes del texto generadas por gemini @©ɱâğ