Descubrí la libertad de una simple hoja de papel mecida a favor del viento, brincando en remolinos que eran como espirales llenas de algarabía. O, tal vez, solo una huida. Y sentí cierto ensimismamiento. Observé su ascenso, su mansedumbre en la planicie invisible y, de repente, la lucha con las gotas de lluvia que eran como perdigones a su alma. Al final, su caída en picado hasta las puntas de mis zapatos. Me hice tempestad calma con ella.
Era un ave herida, llorando su tinta y perdiendo su esencia. La tomé en mi mano como quien coge algo endeble. Sentí un palpito en mi ser. Las líneas se perdían entre curvas manuscritas, senderos de geometría asimétrica, juegos de palabras atenuadas en mis manos, enraizadas en cuatro pliegues que se hacían nido, resultándome tan difícil abrir sus puertas como descifrar su corazón.
Medio amparada bajo mi paraguas, miré a ambos lados. Volví a elevar mi mirada al cielo donde los relámpagos eran látigos que parecían castigarlo. Me sobresalté cuando Juan me abrazó por detrás al tiempo que se resguardaba de la fuerte lluvia. El pájaro volvió a perder su equilibrio, cayendo desde mi mano hasta desaparecer bajo las pisadas de Juan. Perdió su destino o, quizá, ese fuera: morir, dejando que sus últimas palabras se desvanecieran en un aguacero.

Nuestros pasos se adelantaron. Los besos de Juan vestían las gotas de agua que rodaban tímidas por mi rostro mientras... sus palabras se quedaban huecas en el fondo de mi pensamiento, inundado por las letras desconocidas de una simple hoja de papel que había caído desde el cielo y ahora dormía en un charco, como un simple barquito, a la deriva en un mar de burbujas.
Este texto forma parte de la dinámica que he coordinado esta semana bajo el título "Mirando al cielo".
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