De tus labios color fresa se conjuga la verdad de estos pecados, capitales, porque son vicio en sí mismos, que me cortan como las tijeras más afiladas, las que escinden la carne y… hasta las entrañas. Me viene la Ira por no gozarte en todos los tiempos, en todas las formas, y juro me flagelaría con el látigo de este sin perdón, hasta me clavaría en la semejantísima cruz como un Cristo. Te me inyectaría en vena con la jeringuilla preñada de Gula y Avaricia hasta sangrar media vida que es estar sin tenerte.
Te ataría a mí con la cuerda más gruesa, la que hiciera de ti el hechizo que me vuelve duende en tu alma de bruja, y sería conductor, chófer, sobre todas esas rectas, cumbres y valles, círculos, altos y bajos que mis yemas formarían en cada una de tus curvas; detective curioso y perverso de todos tus secretos: los húmedos y los tibios, los infernales y esos que me llevarían a la gloria pues de pecados hablamos, ¿no? De esos que se resbalan entre tus piernas, Envidia del propio Nilo, y yo, mortal efímero, me endioso en la Soberbia de saberte mía.
Y me da Pereza, pereza bajarme de tus pechos y dejar de sentir el imán de tus lunas de hembra, de revolcarme en tus ensenadas como marrano en un charco. Te gozo porque no tienes nada de monja, porque, niña, eres salvaje, pura Lujuria, enfundada en tus medias, las que me atrapan como sardinilla en tu red, embebiéndome de tus aguas con estas putas ganas que me vuelven macho cabrío, un canalla encendido en este deseo de reventarlas contra las tuyas.
Y si tengo cura… no la quiero. Ni en las manos de Dios ni en las de una buena enfermera, porque no me da la gana, porque no me sale de ahí, porque no hay mejor muerte que el veneno que me da el perderme en tus labios color fresa…







