En el telar de mi ser, entrelazo las letras que brotan de mi alma, tejidos de sentimientos y emociones que danzan sobre este lienzo negro que mi pluma transfigura. Anhelo que cada palabra, cada trazo, trascienda y se convierta en eco en tu ser para fundirte en el velo mágico de mi memoria. Que mis versos sean puentes que nos unan en un abrazo sólido, y que mi tinta sea un testigo del vínculo que florezca entre tú y yo. En cada línea trazada, en cada verso susurrado, te escribo con el alma para que en el tapiz de nuestras historias encuentres el eco vibrante de mi ser y la esencia de este nuestro encuentro. Que mis letras sean hilos de un lazo indisoluble entre tú y yo, donde el tiempo se detenga y la eternidad se haga presente. En cada palabra entrelazada, en cada estrofa compartida, tejamos juntos la trama de un sentimiento duradero, donde nuestras almas se encuentren en todos los rincones de esta bella historia.

24 de mayo de 2022

Fe...

Después de tantos años regresaba a mi tierra con una emoción desmedida. El tiempo había hecho mella en mí, no así en mi instinto. Tampoco en mi devoción. La lluvia no me había abandonado desde que dejé atrás la puerta de mi convento en el que mi padre me dejó siendo yo un niño. Una mejor vida. No fue mala.

Embadurnado de barro hasta las rodillas, atravesé la frontera. Incluso la nieve parecía diferente. Pisar la tierra que me vio nacer produjo en mí un pálpito especial. Las primeras nieves se habían adelantado. Tal vez debería haber optado por emprender camino en primavera, pero los acontecimientos habían demorado mi viaje hasta entrado el otoño.

Mis huellas se iban marcando en el sendero que yo mismo abría. No me había encontrado con nadie pese a ser una ruta segura para los peregrinos que querían llegar a Santiago. Además, no muy lejos de ahí estaba el hospital de Santa Cristina de Somport, obligado refugio para caminantes. La única compañía era mi propio silencio mezclado con la algarabía de mis pensamientos, mi cuaderno y mis lápices, y la biblia que me había entregado el padre Pierre como la mejor de sus reliquias. Las montañas, monstruos de piedra callada, vigilaban mis pasos. De vez en cuando parecían llamarme y el eco retumbaba atronando en mi pecho.

La noche me cogió en tierra de nadie, a medio camino entre la nada y el vacío. Un vacío comulgado de nieve, de lobos que aullaban a la luna o, tal vez, la luna les aullaba a ellos, de bestias nocturnas que acechaban desde la lejanía, sigilosas y amparadas en la nocturnidad. Hacía tanto frío que temí se me congelara el alma. La nieve me rodeó por completo. En mi morral llevaba cuatro palos que no duraron encendidos más de un suspiro  El fuego se fue apagando, como mi poco apetito con pan y queso. Dos tragos de vino me vinieron bien para calentarme el estómago. Embozado en mi ropa y a la salvaguarda en una pequeña abertura en la piedra, pasé la noche más despierto que dormido, rodeado de aquella extraña calma en medio de los aullidos y demás ruidos nocturnos que golpean la mente con miedos mientras la nieve hacía su propio peregrinaje.

Estaba entelerido. No tenía fuerza ni para moverme. Seguir caminando era una auténtica locura que no estaba dispuesto a cometer. Dicen que la muerte en el frío es una muerte dulce porque el corazón se va adormeciendo y con él, lo demás. Empecé a rezar. Primero, el Rosario. Llegó un momento en que no sabía continuar así que me decliné por oraciones cortas: Una retahíla de Padres Nuestros, algún Ave María y, cada dos por tres, un «¡Ay, Dios mío, dame fuerzas para llegar a ver la luz del día!».  Luego ya fue solo un «¡Ay, Dios mío!».

Se me congelaron las pestañas y no sentía la mitad de mi cuerpo. El agua y el frío se habían colado en mi calzado. Había envuelto mis sandalias en pieles, sujetándolas con cuerdas, mas tenía metido el frío por cada poro de mi piel, atravesándola. No sé si fue en vigilia o fue amortecido en algún corto sueño. Si fue fruto del miedo o de aquella gelidez. Solo sé que, en medio de aquel peculiar silencio de la nieve, los lobos dejaron de aullar. Me estremecí entero. Imploré a mi Dios y respiré tan profundo que me dolió. Podía sentir los latidos de mi corazón zarandear mi pecho y resonar haciendo temblar mis costillas. Y dentro de mi profunda oscuridad, donde ya las lágrimas rebasaban mis ojos y se hacían cristales en la vertical de mi nariz, vislumbré el resplandor de un ave abrumando a la oscuridad. Aquella visión era del todo imposible. Una hermosa paloma de pecho blanco aleteaba acercándose hasta mí. Una especie de halo angelical la envolvía e iluminó la noche volviéndola mediodía. Sentí una emoción imposible de explicar, ni aun sintiéndola. No hay palabras en el mundo que puedan albergar explicación alguna. Lloré como un niño. No pude gritar porque las palabras se congelaron en mi garganta. No pude moverme porque el frío había atenazado mi cuerpo y si había habido miedo, ahora me embriagaba un hermoso sentimiento de aliento, de esperanza, de vida.

Se posó a mis pies, en una pequeña roca, confundiéndose con la nieve que todo lo invadía. A veces me llamaban loco y en ese momento, pensé que estaba más loco de lo que pudiera creer… Pero la mano de Dios acarició mi alma y me bañó con su luz dándome la fuerza suficiente, el impulso necesario para volver a ver la luz del día. Amaneció… no sé cuánto después. Me pareció un soplo, o el aleteo de la paloma emprendiendo el vuelo hacia lo alto hasta perderse en la inmensidad del cielo, ahí donde ya no pudo alcanzarla mi vista. Gateé un poco, lo suficiente para salir de la pequeña cueva que había impedido que la nieve me cubriera por completo pero que no me había librado del azote de la ventisca que, en algún momento, surgió como si fuera el aliento helado de aquellos gigantes de piedra. Escuché a lo lejos unas voces. No distinguí qué decían. Era un rumor que el viento traía desde atrás de los pinos. Me brotó un hilo de voz. Mascullé una maldición que ni mil años de penitencia podrían eximir y dos figuras oscuras surgieron ante mis ojos. No recuerdo más que verlas avanzar hacia mí, pisando la nieve que cubría sus rodillas. Me sumí en un profundo letargo y desperté, como un oso en primavera, al sonido de Laudes. Pude asomarme a la ventana. Lo que mis ojos vieron no lo olvidaré jamás: Las montañas nevadas, los pinos soportando el peso de la nieve, la piedra del monasterio, el trajín de los monjes. Y a mi nariz llegó el aroma a caldo de gallina y pan recién hecho. Yo también di gracias a Dios por un nuevo despertar.


Este relato (1000 palabras justas. El límite establecido) es mi presentación al Concurso de relatos Historias del Camino, organizado por Ruritania Editores S.L. (Zenda libros) e Iberdrola, ambientado en la ruta jacobea, en este tiempo o cualquier época. 
Otro requisito es la publicación previa en el blog. Fecha límite: 29 de mayo, 23.59 h.
El 1 de junio se sabrán los resultados.

No he sido seleccionada pero como todos los concursos, los resultados son relativos. El hecho de escribir y montar una historia es un gran reto superado con creces :-)



Cuenta la leyenda que, cuando se iba a fundar (finales del s. XI) el Monasterio Hospital de Santa Cristina de Somport, en Huesca, una paloma blanca, con una cruz de oro en el pico, hizo acto de presencia. Ahí dónde dejó caer la cruz se erigió el impresionante complejo, equiparado, por el mismísimo Códice Calixtino, al de Jerusalen y al del Gran San Bernardo. Los tres mejores hospitales del mundo.

23 de mayo de 2022

Absentia...

El tiempo se diluye entre los frunces de mi piel. En las caricias ausentes se queda tu perfume impregnado y mi boca tiembla en los besos no dados de tus labios. El silencio es una amalgama enrevesada de deseos, una entrega discontinua de pieles y barros, de sin sentidos aletargados... 
La ausencia es ese daño gratuito no falto de detalles y anhelos perdidos en algún pensamiento no correspondido, y se desdibuja en el aleteo de mis dedos en el aire... 
Yo... 
Yo soy... quien se mueve sigilosa entre los vértices opacos de tu mutismo...

Daniel Murtagh

El tiempo se acumula y las semanas pasan. Me apunto a este destiempo con la propuesta de Sindel  desde su blog.

Semana 21, 2022:  El tiempo.
Absentia: Ausencia en latín.

20 de mayo de 2022

Mantis...

Un Jueves, Un Relato
Retos oníricos


Foederis se está convirtiendo en un asunto delicado que he de atajar cuanto antes. Sé que Zarck no estará de acuerdo con mi decisión pero no ha de darme el beneplácito. Somos únicos en nuestra especie. Dos almas gemelas y, al tiempo, antagónicas. Irremediablemente unidas por y para la eternidad, con capacidades que la mente humana jamás logrará alcanzar y comprender. Somos sangre y latido. Carne y fuego. Una especie de hermanos sin consanguinidad alguna compartiendo las dos mitades de una misma alma.

Perdoné la vida de Foederis por ese atisbo de humanidad que me vino de pronto pero, en realidad, la maldad humana estaba clavada en su cerebro. Insolente y retadora, dispuesta a erigirse sobre mi sombra, envuelta en un halo de diosa del deseo, disoluta, desinhibida, con estudiadas armas para atrapar a quien se le antoje, hace que mi bestia se remueva. En ella se va acentuando un carácter psicopático que la está volviendo muy peligrosa.

Cual mantis religiosa, captó la atención de aquel infeliz, envolviéndolo con unos alardes que le hicieron soberano, sin saber que iba a ser devorado por una negra sed de deseo y, a la vez, desproveido de voluntad para ser atravesado con cuchillas, como patas astillosas, de cara al sumo placer de ella. Sin remordimientos, dejaba atrás una estela de crímenes que yo no estaba dispuesta a seguir cubriendo.
Tengo  suficiente con mitigar mi instinto.

Respiro profundo. Todavía me falta un poco para recuperar mi aspecto humano. Aún conservo el sabor a sangre y a carne de un ser que nadie echará de menos. 

Él jamás olvidará la instantánea de verme y perpetuará en su mente como una verdad que no podrá contar porque hay verdades que no se pueden creer. Verdades que no se pueden confirmar. Verdades que son una auténtica locura.
Foederis se ha convertido en mi presa, en otro crimen perfecto, en ese montón de huesos —mi organismo no los admite— perfectamente desprovistos de carne, sin una gota de sangre alrededor, como si nada hubiera pasado porque nadie hallará esos restos escondidos en el inespacio tiempo.

I am your queen / Marco de Wall

Este es mi aporte (346 palabras) para el reto juevero convocado por Demi, basándome en uno de los argumentos expuestos desde su Hurlingham donde podéis leer más argumentos.