En el telar de mi ser, entrelazo las letras que brotan de mi alma, tejidos de sentimientos y emociones que danzan sobre este lienzo negro que mi pluma transfigura. Anhelo que cada palabra, cada trazo, trascienda y se convierta en eco en tu ser para fundirte en el velo mágico de mi memoria. Que mis versos sean puentes que nos unan en un abrazo sólido, y que mi tinta sea un testigo del vínculo que florezca entre tú y yo. En cada línea trazada, en cada verso susurrado, te escribo con el alma para que en el tapiz de nuestras historias encuentres el eco vibrante de mi ser y la esencia de este nuestro encuentro. Que mis letras sean hilos de un lazo indisoluble entre tú y yo, donde el tiempo se detenga y la eternidad se haga presente. En cada palabra entrelazada, en cada estrofa compartida, tejamos juntos la trama de un sentimiento duradero, donde nuestras almas se encuentren en todos los rincones de esta bella historia.

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24 de mayo de 2022

Fe...

Después de tantos años regresaba a mi tierra con una emoción desmedida. El tiempo había hecho mella en mí, no así en mi instinto. Tampoco en mi devoción. La lluvia no me había abandonado desde que dejé atrás la puerta de mi convento en el que mi padre me dejó siendo yo un niño. Una mejor vida. No fue mala.

Embadurnado de barro hasta las rodillas, atravesé la frontera. Incluso la nieve parecía diferente. Pisar la tierra que me vio nacer produjo en mí un pálpito especial. Las primeras nieves se habían adelantado. Tal vez debería haber optado por emprender camino en primavera, pero los acontecimientos habían demorado mi viaje hasta entrado el otoño.

Mis huellas se iban marcando en el sendero que yo mismo abría. No me había encontrado con nadie pese a ser una ruta segura para los peregrinos que querían llegar a Santiago. Además, no muy lejos de ahí estaba el hospital de Santa Cristina de Somport, obligado refugio para caminantes. La única compañía era mi propio silencio mezclado con la algarabía de mis pensamientos, mi cuaderno y mis lápices, y la biblia que me había entregado el padre Pierre como la mejor de sus reliquias. Las montañas, monstruos de piedra callada, vigilaban mis pasos. De vez en cuando parecían llamarme y el eco retumbaba atronando en mi pecho.

La noche me cogió en tierra de nadie, a medio camino entre la nada y el vacío. Un vacío comulgado de nieve, de lobos que aullaban a la luna o, tal vez, la luna les aullaba a ellos, de bestias nocturnas que acechaban desde la lejanía, sigilosas y amparadas en la nocturnidad. Hacía tanto frío que temí se me congelara el alma. La nieve me rodeó por completo. En mi morral llevaba cuatro palos que no duraron encendidos más de un suspiro  El fuego se fue apagando, como mi poco apetito con pan y queso. Dos tragos de vino me vinieron bien para calentarme el estómago. Embozado en mi ropa y a la salvaguarda en una pequeña abertura en la piedra, pasé la noche más despierto que dormido, rodeado de aquella extraña calma en medio de los aullidos y demás ruidos nocturnos que golpean la mente con miedos mientras la nieve hacía su propio peregrinaje.

Estaba entelerido. No tenía fuerza ni para moverme. Seguir caminando era una auténtica locura que no estaba dispuesto a cometer. Dicen que la muerte en el frío es una muerte dulce porque el corazón se va adormeciendo y con él, lo demás. Empecé a rezar. Primero, el Rosario. Llegó un momento en que no sabía continuar así que me decliné por oraciones cortas: Una retahíla de Padres Nuestros, algún Ave María y, cada dos por tres, un «¡Ay, Dios mío, dame fuerzas para llegar a ver la luz del día!».  Luego ya fue solo un «¡Ay, Dios mío!».

Se me congelaron las pestañas y no sentía la mitad de mi cuerpo. El agua y el frío se habían colado en mi calzado. Había envuelto mis sandalias en pieles, sujetándolas con cuerdas, mas tenía metido el frío por cada poro de mi piel, atravesándola. No sé si fue en vigilia o fue amortecido en algún corto sueño. Si fue fruto del miedo o de aquella gelidez. Solo sé que, en medio de aquel peculiar silencio de la nieve, los lobos dejaron de aullar. Me estremecí entero. Imploré a mi Dios y respiré tan profundo que me dolió. Podía sentir los latidos de mi corazón zarandear mi pecho y resonar haciendo temblar mis costillas. Y dentro de mi profunda oscuridad, donde ya las lágrimas rebasaban mis ojos y se hacían cristales en la vertical de mi nariz, vislumbré el resplandor de un ave abrumando a la oscuridad. Aquella visión era del todo imposible. Una hermosa paloma de pecho blanco aleteaba acercándose hasta mí. Una especie de halo angelical la envolvía e iluminó la noche volviéndola mediodía. Sentí una emoción imposible de explicar, ni aun sintiéndola. No hay palabras en el mundo que puedan albergar explicación alguna. Lloré como un niño. No pude gritar porque las palabras se congelaron en mi garganta. No pude moverme porque el frío había atenazado mi cuerpo y si había habido miedo, ahora me embriagaba un hermoso sentimiento de aliento, de esperanza, de vida.

Se posó a mis pies, en una pequeña roca, confundiéndose con la nieve que todo lo invadía. A veces me llamaban loco y en ese momento, pensé que estaba más loco de lo que pudiera creer… Pero la mano de Dios acarició mi alma y me bañó con su luz dándome la fuerza suficiente, el impulso necesario para volver a ver la luz del día. Amaneció… no sé cuánto después. Me pareció un soplo, o el aleteo de la paloma emprendiendo el vuelo hacia lo alto hasta perderse en la inmensidad del cielo, ahí donde ya no pudo alcanzarla mi vista. Gateé un poco, lo suficiente para salir de la pequeña cueva que había impedido que la nieve me cubriera por completo pero que no me había librado del azote de la ventisca que, en algún momento, surgió como si fuera el aliento helado de aquellos gigantes de piedra. Escuché a lo lejos unas voces. No distinguí qué decían. Era un rumor que el viento traía desde atrás de los pinos. Me brotó un hilo de voz. Mascullé una maldición que ni mil años de penitencia podrían eximir y dos figuras oscuras surgieron ante mis ojos. No recuerdo más que verlas avanzar hacia mí, pisando la nieve que cubría sus rodillas. Me sumí en un profundo letargo y desperté, como un oso en primavera, al sonido de Laudes. Pude asomarme a la ventana. Lo que mis ojos vieron no lo olvidaré jamás: Las montañas nevadas, los pinos soportando el peso de la nieve, la piedra del monasterio, el trajín de los monjes. Y a mi nariz llegó el aroma a caldo de gallina y pan recién hecho. Yo también di gracias a Dios por un nuevo despertar.


Este relato (1000 palabras justas. El límite establecido) es mi presentación al Concurso de relatos Historias del Camino, organizado por Ruritania Editores S.L. (Zenda libros) e Iberdrola, ambientado en la ruta jacobea, en este tiempo o cualquier época. 
Otro requisito es la publicación previa en el blog. Fecha límite: 29 de mayo, 23.59 h.
El 1 de junio se sabrán los resultados.

No he sido seleccionada pero como todos los concursos, los resultados son relativos. El hecho de escribir y montar una historia es un gran reto superado con creces :-)



Cuenta la leyenda que, cuando se iba a fundar (finales del s. XI) el Monasterio Hospital de Santa Cristina de Somport, en Huesca, una paloma blanca, con una cruz de oro en el pico, hizo acto de presencia. Ahí dónde dejó caer la cruz se erigió el impresionante complejo, equiparado, por el mismísimo Códice Calixtino, al de Jerusalen y al del Gran San Bernardo. Los tres mejores hospitales del mundo.

18 de febrero de 2021

S’ha feito de nuei...

Un Jueves, un Relato
Carnaval


Las calles empedradas y empinadas con los últimos pulsos del invierno y, bajo el mismo cielo, nuestro diferente horizonte: Tú, amparado bajo la esperanza de no ser una bestia, un onso,* atado con las cadenas que contienen tu fiereza y humillado con los golpes que laceren tus adormilados espaldares. Yo, albergando aún un poco de ilusión, me resisto a no desplegar los volantes de mi falta y desenredar las chorreras de mi escote pero late el quebranto de no sentir la primavera inundar mis ojos cuando, este año, revivido tú en un tranga*; con tus enormes  y ensortijados cuernos de macho cabrío, tu cara encerada de hollín y ese aspecto de medio humano; bailaras en torno a mí, y mirándonos, sintiéramos el vértigo de la emoción estremeciéndonos de pies a cabeza, sorteáramos con risas el flirteo de mi pelo con tus astas y nos enmudeciera la algarabía de la gente y el estallido de las esquillas* saltando al final de tu espalda.

Y entonces, de repente, surge la magia. Te encaramas ayudado por tu berra* de árbol joven al pie de mi balcón. Yo, envuelta en las gasas de mi camisón, te abro las puerta de par en par y empiezas a susurrar nuestra canción. El tiempo se detiene y nuestros cuerpos se ensalzan en ese abrazo que nos hace únicos. Cierro los ojos y tu boca me llena. Mi sonrisa te hace sonreír. La emoción de mis lágrimas calma la sed de tus besos.

- No podeba deixar a madama* mía sin o baile suyo. —Y me aferré a ti como enredadera para sentirte, vivirte, serte... y percibirte en mí... inundándome de primavera.




Este es mi aporte (272 palabras) para el reto de esta semana, Carnavales, que propone Lucía (convocatoria) desde su blog "Hilando palabras" dónde podéis leer otras historias.




Algunas notas:

S'ha feito de nuei, "Se ha hecho de noche"  (cheso, dialecto del valle de Echo, no belsetán, del valle Bielsa, como el carnaval que tomo como referencia) es el titulo de una preciosa y dulce romanza chesa del compositor José Lera Alsina, en 1980. Os recomiendo escucharla.

*Onso: oso. Hombre que se atavía para representar a dicho animal.
*Tranga: muchacho joven y soltero que simboliza la virilidad y la fertilidad.
*Esquillas: cencerros.
*Berra o tranga: palo grueso a modo de pértiga que se corta de un árbol joven.
*Madama: joven soltera a la que rondan onsos, trangas y demás personajes del carnaval desde sus casas hasta la plaza del pueblo donde tendrá lugar el baile.

Si os produce curiosidad, tenéis un bonito reportaje sobre dicho carnaval y su personajes. Las fotos antiguas son estupendas y nos permiten darnos cuenta de su ancestral tradición.

3 de septiembre de 2015

La Venganza del Amor...

Gabardiella se llama ella. 
Gratal, él.

Y su amor nació cuando la tierra todavía se elevaba y la magia de los dioses formaban las cumbres y los riscos, las planicies, los verdes valles y las nieves... Y, entre esas montañas, mientras Gratal dejaba sus huellas al caer del sol, sus "ojos" se abrieron al verla a ella. La mortal más hermosa que aquellos habían visto. Y en ese mismo momento, supo que la amaría para siempre. Deseábase su amor y digno de él hacerse. Y ella, así lo vio. No le fue fácil al zagal pues Gabardiella presta estaba pero mal vistos eran estos amoríos por el ignorante Gabardón, padre de la mozuela, pues Gratal, a parte de ser un manguán de poco porvenir, representaba la vejez y la muerte pues  con creces los años de la joven pasaba, y mas nada en común tenían que el hermoso macizo en el que vivían.

Continuas eran las disputas entre padre e hija por cuestiones éstas mientras los amantes vivían su historia hasta que un día, a la amanecida, el intolerante Gabardón, en busca de su amigo Guara fue, arrogante poco pocos y gigante como un mallo. Y, entre ambos, el modo de truncar aquel enamoramiento arguciaron, sin importarles el sentimiento que entre los amantes existía, tan fuerte como las rocas, tan limpio como el cielo de noches estrelladas y tan intenso como el sol.

De este modo,  la artimaña se planeó, y bajo órdenes de Gabardón, Guara  su cayado tomó y, con la fuerza de un dios, de golpe seco,  el macizo montañoso partió de modo que los dos amantes para siempre separados quedaran. Y en aquella brecha, de las lágrimas derramadas de la triste Gabardiella, las aguas del río Flumen nacieron y corren hoy a la foz del Salto de Roldan, convirtiéndose ella en tozal para la eternidad.

Pero antes de que los dioses en monte solitario lo erigieran, Gratal, vencido de dolor, venganza clamó en nombre de ese amor y, ganado ya el ocaso de ese mismo día, mientras Guara, el gigante, plácidamente dormía,  su propio picacho en el corazón no dudó clavarle y de él empezaron a desprenderse trozos de piedra, por la frialdad de ese corazón, que cayeron por la ladera del pico, formando Las Pedreras.
Y así, en esa postura,  petrificado permanecerá para siempre el gigante Guara. 
Ahí, tumbado, mirando al cielo, visto puede ser.

Si os fijáis bien, dado que la calidad de la imagen no es buena, veréis en la sombra del ocaso, la figura yaciente y petrificada de Guara.  Se distingue claramente, entrando en la ciudad por el este y por el oeste. De izquierda a derecha. la cabeza, donde se ve la nariz y la forma de la boca abierta. Se le denomina Fraginete. Le sigue el pecho, llamado Pico de Guara, con los brazos y las manos descansando en el regazo, el faldón de la casaca, ligeramente levantado, y las piernas, conocida esa parte como el Cabezón de Guara, curiosamente.
Sierra de Guara. Huesca. España.




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El texto de este jueves nos lleva a un tiempo de mitos y leyendas de la tierra, en este caso es una de la mía. Parte de esta sierra, aunque por el lado del este, es la que yo veo desde mi casa.
Viene a colación del reto marcado por H. (Perla Gris), Haydée, para mí siempre, en su blog, "et lux in tenebris lucet" al que animo a visitar como hago siempre con l@s anfitriones y l@s participantes. 





3 de diciembre de 2014

Bassa de la Mora...

o la Balsa de la Mora.
También llamada Ibón de Plan.

Hoy os traigo otro rinconcito de mi tierra. Como Bassa de la Mora es conocido un lago de montaña, recuerdo ancestral de los glaciares, que aquí denominamos ibón. Nos lo encontraremos en el Valle de Chistau, al norte de la provincia de Huesca, y para llegar a él hay que partir del pequeño pueblecito de Saravillo.
No sé si es el ibón más bello de los Pirineos, pero sí uno de ellos. Fácil de llegar no es. La súbida, como se dice vulgarmente, "pica".
Pero como todo lugar, también tiene su historia, su mitología, su leyenda, sus creencias mágicas.

Dice uno de esos antiguos hablares, de esos que se cuentan a la luz de la lumbre en las frías noches de invierno que, en la noche de san Juan quien se acerque al Ibón, a eso del amanecer, allá cuando el primer rayo de sol acaricie las mansas aguas, éstas empiezan a moverse y de ellas emerge la figura de una mujer, una mora, quien comienza a danzar al tiempo que lo hacen serpientes enroscadas por su cuerpo, adornado éste con brillantes y fabulosas joyas.
Dicen las lenguas que esta sensual mujer es el espíritu de una musulmana que, huyendo por estas montañas de las cruentas batallas entre moros y cristianos, se perdió, quedando preso en tan impresionante paisaje. Pero no todo presente puede apercibirse de ello. Solo aquellos seres de buen corazón podrán vislumbrar a tan fausta visión. Si no la ves tendrás que pensar en lavarte el alma en esas aguas purificadas por esos primeros rayos de sol.

6 de agosto de 2014

El gigante de Sallent...

Un personaje real que se ha convertido en leyenda.
Tan grande de estatura como de corazón.

Hoy os traigo a una persona bien grande, en todos los sentidos de la palabra. Se trata de Fermín Arrudi Urieta, natural de Sallent de Gállego (Huesca). Nacido el 5 de Julio de 1870, quien con sus 2,29 mts. de estatura recorrió medio mundo exhibiendo su anatomía. Por su sortija pasaba una perra gorda de las de entonces, el reloj pesaba más de 4 libras, su pie media 40 cms. (calzaba el 58), sus manos 30 cm., el tórax una circunferencia de 1,35 m. y su peso corporal era de 170 kg.


En el Otoño de 1885, con apenas 15 años, cayó enfermo, postrándose en cama presa de fuertes dolores de articulaciones y de cabeza . Cuando levantó del lecho, ya en el mes de Noviembre, había crecido diez centímetros (tenía 1,90 mts de estatura). Tres años después, con 18 años, medía 2,10 y pesaba 120 kilos. Fermín Arrudi sufría de acromegalia, su fuerza era casi la de 10 hombres y ayudaba en las labores de casa y el campo. Él    solo podía sacar un carro del cauce del río. Poco antes de cumplir los 19 años, medía 2,18 y pesaba casi 140 kilos. Cada vez que caía enfermo, crecía.



Hijo de labradores, tenía un hermano de estatura normal y una hermana de 1,90 m. de altura. Fue objeto de estudios en universidades y en Munich se aseguró que era el mayor gigante y mejor proporcionado en musculatura y coordinación. Lanzaba el barrón como si fuera de papel y el 24 de mayo de 1905 mató un oso en los montes de Sallent, luchando cuerpo a cuerpo, sirviéndose únicamente de sus propias manos y de un cuchillo de monte. La noticia fue recogida en el Almanaque Bailly-Baillier de la fecha. Era un verdadero artista y muy intuitivo. Tocaba con destreza: guitarra, violín, laud, pandereta, hierrecillos, requinto, bandurria, flauta y armonium. Su voz estentórea y de timbre recio, retumbaba con las `rondaderas' de la época, y la jota, siempre grande, en su garganta se hacía gigantesca como el mismo Fermín. Su personalidad era afable, de buen trato, enorme generosidad y gusto por los usos y costumbres de la tradición aragonesa. Su vida se debatió entre la fama y el ajetreo de sus viajes y actuaciones y su deseo de disfrutar de una vida tranquila y apacible en su Sallent natal.
      Pese a que amasó una respetable fortuna mostrando su anatomía por medio mundo, París, Nueva York, Viena..., Fermín siempre rehuyó de esta servidumbre que le obligaba a interpretar el personaje extraordinario que detestaba. Cuentan que en aquellas interminables giras su rostro se teñía de tristeza y pudor, acomplejado por las sonrisas, la soledad y la enorme admiración que provocaban sus más de dos metros de altura. Esa introversión se volvía en exultante vitalidad cuando regresaba a Sallent, cuando volvía a su casa y se encontraba con sus paisanos. De cada viaje traía regalos para todo el pueblo, un extenso anecdotario cargado de extraordinarias vivencias y, sobre todo, más ganas de no salir nunca del valle donde nació.

El 4 de mayo de 1913, a punto de cumplir 43 años, murió el Gigante Aragonés de Sallent, posiblemente el último heredero conocido de una legendaria estirpe de atlantes aragoneses.      
Arrudi sobresalió siempre, como la torre de la iglesia de su pueblo. Trabajó en la estación de Canfranc, pero vio pronto que su futuro estaba en la exhibición. Con gran éxito, dejó ver su recrecido palmito en unos Pilares, en el antiguo Arco de San Roque (actual Adriática), y también recorrió ciudades de Alemania, Holanda, Bélgica, Austria, Francia, Nueva York en los EE.UU., Sudamérica, el Caribe, Argelia... Fermín recorrió medio mundo y regresó a morir a su pueblo. Años después, en 1998, Sallent puso su nombre a un paseo largo, paralelo al río. El callejero y un hermoso libro conservan la buena memoria de Fermín.

Información recopilada de bases del Heraldo de Aragón y Diario del Altoaragón, así como de otras fuentes particulares de internet, amén de mis propios conocimientos.

23 de abril de 2014

San Jorge y el Dragón

Hoy, San Jorge... San Chorche...
Nada de Sant Jordi (eso es para la rosa y el libro de los vecinos, esos que veo desde la ventana de al lado).

La leyenda de San Jorge, forjada en Oriente y difundida en Occidente de forma amplia a raíz de las Cruzadas, aúna la descripción del martirio del santo y el mito pagano de la victoria sobre el dragón, cristianizado a su vez por las fuentes medievales. La versión más antigua de la pasión del mártir es la de Pasícrates, tachada de extravagante por la Iglesia. Incluye sin embargo un dato de importancia: el martirio de San Jorge tuvo lugar el octavo día antes de las calendas de mayo a la hora sexta; es decir el 23 de abril al mediodía. Y así figura tanto en los calendarios orientales como en el romano y en el hispano-mozárabe.

La ciudad de Huesca está unida, desde época medieval, a tres santos mártires de importancia universal: san Jorge y los dos patrones de la ciudad, san Lorenzo y san Vicente. A san Jorge se le venera en muchos lugares (es el patrón, por ejemplo, de Inglaterra y Rusia). La leyenda más conocida protagonizada por san Jorge es la que lo presenta luchando y dando muerte a un dragón para salvar a una joven princesa. En nuestra ciudad existe además otra leyenda en la que san Jorge se aparece en la batalla de Alcoraz, que permitió a los aragoneses conquistar Huesca a los musulmanes.

La conquista de Huesca por el rey Pedro I de Aragón en el año 1096 es uno de los hechos más importantes de la historia de la ciudad. Con ella desapareció Wasqa, la Huesca musulmana, después de cuatro siglos de existencia, y nació una nueva ciudad, integrada en el reino de Aragón y la civilización cristiana occidental.
La toma de Huesca era la primera gran conquista del joven reino pirenaico de Aragón en su expansión hacia el sur, por lo que no es extraño que en los siglos siguientes surgieran en torno a ella distintas tradiciones y leyendas. Las más antiguas, del siglo XIII, hablan de san Victorián, del que se decía que se había aparecido al rey de Aragón antes de la batalla y que el ejército de Pedro I llevaba sus reliquias en Alcoraz.

Las crónicas del siglo XIV, como la de San Juan de la Peña, son las que relacionan a san Jorge con la batalla de Alcoraz. La leyenda es muy curiosa. Cuenta que hubo dos batallas el mismo día, en Antioquía durante la Primera Cruzada y la de Alcoraz en Huesca, y que san Jorge estuvo en las dos. En Antioquía ayudó a un cruzado alemán que se había quedado sin caballo. El santo lo subió al suyo y lo trasladó milagrosamente a Huesca. Una vez en Alcoraz, san Jorge desapareció. En cuanto al guerrero alemán, creyendo que seguía en la primera batalla, comenzó a luchar con los musulmanes, aunque no conocía ni entendía a nadie de los que estaban con él. Una vez finalizó el combate con victoria para Pedro I, el caballero de Alemania, que sabía gramática ―es decir, que hablaba latín―, consiguió comunicarse con los aragoneses y todos se dieron cuenta entonces de que se había producido un gran milagro, cuyo protagonista era san Jorge.


En 1201, Pedro II fundó la orden militar de San Jorge de Alfama en un castillo cercano a Tortosa y  Jaime I apoyó la fundación de cofradías bajo la misma advocación, como las erigidas en Huesca y Teruel en la primera mitad del siglo XIII.

Las fuentes hagiográficas recogen con variantes los terribles martirios a que San Jorge es sometido por defender su fe: atado a una rueda de cuchillos, arrojado a cal viva, sumergido en plomo ardiente, obligado a beber veneno, y finalmente, tras provocar conversiones y resurrecciones, es decapitado.
La leyenda del dragón convirtió a San Jorge en un caballero vencedor de la tiranía. La ciudad libia de Silca estaba domeñada por un terrible dragón que se ocultaba en un gran lago. El monstruo despedía un terrible hedor que infestaba todos los alrededores. Había que alimentarlo para que no fuese a reclamar su comida a la ciudad.
Llegó un momento que no hubo más alimento para el dragón que los propios habitantes de Silca, quienes debían sortearse el sacrificio.
Un día la mala suerte recayó en la hija del rey. La princesa, resignada a su destino, se disponía ya a cumplir su terrible deber, cuando apareció San Jorge. La doncella le contó la terrorífica historia y el santo caballero se enfrentó al dragón al que doblegó y entrego prisionero y moribundo a la princesa para que lo condujera a la ciudad. Cuando todos los habitantes de Silca se hubieron convertido, San Jorge mató al dragón.

Este episodio del dragón llega a Occidente desde Siria en el siglo XI por medio de los cruzados. Simbólicamente el dragón enlaza con la idea oriental, especialmente sumerial, del gran adversario, y del caos primigenio de la cosmología mesopotámica. En el texto de la Leyenda Dorada alude a la peste, a las frecuentes y mortíferas plagas medievales.

La idea de enemigo primordial, y de la lucha heroica desplegada contra él, está además en relación con todos los mitos solares del Mediterráneo oriental, y es por extensión la representación del enemigo de Cristo y su pueblo. Enlaza por tanto con la lucha de la reconquista en territorio peninsular y con el milagro de la Batalla de Alcoraz en tierras aragonesas.



Aunque no se dio una disposición canónica al respecto, puede afirmarse que San Jorge ha sido formalmente patrono de Aragón desde la Edad Media. La catedral y el concejo de Huesca, desde principios del siglo XV, por lo menos, vienen celebrando su fiesta con solemnidad litúrgica y procesión a la ermita del santo, sita en el Pueyo de Sancho (lo que aquí conocemos ahora como la Ermita de San Jorge en el cerro del mismo nombre).



Hoy es un poco más larga esta entrada pero ya que este rincón en más "mi lado más real", me apetece dar pequeños toques a mi tierra. Tanto detalle de la historia no sé, así que la he sacado de Internet, un poco de aquí y otro poco de allá.

1 de abril de 2014

¿Quién tiene las hormigas blancas?

Erase que se era un lugar idílico y bucólico en el que Anayet y Arafita, seguramente dos de los dioses más pobres de  la montaña cuidaban de su única hija. Se les había desposeído de sus escasos bienes: Pinares y abetales en su mayoría. El ganado empezaba a escasear y sus pasos eran lentos por aquellos senderos que se habían convertido en lugares peligrosos e inseguros.
Anayet y su ibón. El pico alto es el corazón de Cubilla.
A pesar de todo, Anayet y Arafita eran trabajadores, honrados y felices y tenían el mayor de los tesoros: su hija, la preciosa Culibilla a quien el cielo dotó de las mayores bellezas y virtuosas cualidades. Feliz vivía y nada parecía perturbale. Sus padres y sus animales y el paisaje lo eran todo. Nada quería saber de la innumerables pretensiones de todos los dioses pirenaicos. Sus mejores afectos eran hacia los corderillos que competían en blancura con los impresionantes neveros y glaciales que rompían el verdor de sus amadas montañas. Y más aún, amaba a las humildes y trabajadoras hormigas blancas que durante el verano continuaban blanqueando su montaña, hasta el punto que Culibilla la bautizó con el nombre de Formigal.
La tranquila paz se acabó el día que Balaitus se enamoró ardientemente de Culibilla. Él era fuerte, poderoso y temido por todos. Nadie se oponía jamás a sus deseos. Él amasaba las terribles tormentas del Pirineo y forjaba los rayos capaces de destruir todo lo que le apeteciera. Era violento como ninguno cuando se enfadaba, y hacia correr sus carros por encima de las nubes, estremeciendo hasta los cimientos de las montañas.
Balaitus por la brecha Latour.
Culibilla era dura y salvaje como la montaña, delicada y dulce como las flores de sus praderas. Sabía lo que quería y lo que no.  Maldito momento aquél en el que ambos, Balaitus y ella, se encontraron. Maldito el momento, también, en el que lo rechazó. Balaitus enfureció. ¿Cómo se atrevía aquella pobretona a rechazarlo? A él no se le rechazaba. Él era el dios duro y seguro de sí mismo, poco dado a concesiones y muchas menos a rechazos. Juró y perjuró que pagaría aquella osadía y aseveró que la raptaría.
En tres zancadas... Una... Dos... Tres... se presentó Balaitus ante Culibilla, decidido a cumplir su propósito. Las montañas todas estaban atónitas, sin atreverse a defender a la diosa. La joven, asustada y atemorizada, gritó y gritó su miedo. Al verse perdida, grito:
 ¡A mi las hormigas!
A centenares, a millares, acudieron de todos los sitios las hormigas blancas que empezaron a cubrir a Culibilla ante los atónitos ojos de Balaitus que, horrorizado, emprendió la huida. Culibilla, en el colmo de la amistad y el agradecimiento, se clavó un puñal en el pecho para guardar dentro, junto a su corazón, a todas las hormigas: es el forau (agujero) de Peña Foratata. 
Se dice, se cuenta que los que suben al Forau de la Peña pueden percibir claramente los latidos de Culibilla, la diosa agradecida. Y aseguran, también que en Formigal,, desde entonces, ya no hay hormigas blancas: ella, la diosa, las tiene todas.
Valle de Tena (Huesca)